Agricultura en general


Diálogo de sordos (tomado de innpulsos.com)

Como saben si han leído este blog en algún momento, el tema del modelo agropecuario es un asunto recurrente.

Las discusiones suelen tener el tono que sale en la ilustración. Como ejemplo, aunque con un año de antigüedad (lo cual no importa dado que nada cambia) está el discurso de Graziano, el director de la FAO, en el encuentro sobre inversión privada en la agricultura, y la respuesta de la Vía Campesina y otras organizaciones, que no se andan con chiquitas.

El tema es viejo: el papel del agronegocio en la agricultura y la inversión en el sector privado. La importancia que tiene el tamaño de la explotación y la productividad en la alimentación del mundo.

Esta vez adjunto este gráfico que creo que ayuda mucho a hacerse una idea de en qué espacio nos movemos cuando hablamos de los distintos modelos. Es de un artículo del IFPRI titulado Patterns of Growth and Structural Transformation in Africa, Trends and Lessons for Future Development Strategies (muy recomendable):

Transformación estructural

Si queremos que la agricultura sirva de verdad para reducir la pobreza, todos estaremos de acuerdo en que no puede quedarse, en los países pobres, en su estado actual. Es decir, de acuerdo con el gráfico, ahí donde he colocado los circulitos rojos: con  porcentajes altos de población activa y porcentaje alto del PIB, y una producción por trabajador y un valor total del PIB agrícola bajos.

La agricultura en los países ricos es la de la derecha: se dedica poca gente, representa un porcentaje bajo del PIB, pero es muy productiva y el valor de la producción es más alto que en los países pobres, donde hay mucha más gente dedicada a la agricultura.

Evolucionar de un modelo como el de los círculos a los cuadrados dejando a la mayoría de pobres rurales por el camino no es una buena solución. Es el modelo latinoamericano de la soja y el maíz, muy mecanizado, pero que deja al margen a los pequeños productores. Este modelo económico no ha sido capaz de ni de incorporar a la mayoría de la población a la industria o los servicios, ni de dotar a los campesinos que no se mueven a las ciudades de medios de producción agrícola adecuados.

Está claro (y espero que en esto esté de acuerdo todo el mundo) que hay que moverse hacia la derecha del gráfico. Esto significa intensificar la producción y mecanizarla. Pero quizá habría que quedarse por la mitad del gráfico (donde están las XXX), con agricultores más productivos que antes, pero menos que en los países ricos, mientras otros sectores de la economía no tiren de la población hacia las ciudades ofreciéndoles trabajos de verdad. Y lo más importante y difícil: moviendo a todos los agricultores hacia las XXX a la vez, sin dejar a nadie rezagado.

Démosles a los pobres nuestras sobras. Dibujo J.S. Aguilar

Démosles a los pobres nuestras sobras. Dibujo J.S. Aguilar

Tanta tontería con el desperdicio de comida (food waste) sólo podía terminar así. En este artículo ya me quejaba de que quienes hablan tanto de que el desperdicio de comida sea un problema transmiten varias ideas equivocadas. La principal de ellas es que el problema es de distribución (ojo, de comida, no de ingresos). Es decir, que si sobra comida en el norte entonces en el sur pasan hambre. Quien piensa esto es que no entiende el funcionamiento de la agricultura (cuya principal característica es la variabilidad de la producción estacional) y entiende todavía menos la pobreza, cuya solución no pasa por enviar comida (fuera de las emergencias, y aún así con cuidado). En la idea del desperdicio como problema hay aciertos: que evitarlo ahorra insumos agrícolas. Esto es cierto. Pero no es lo que la mayoría de la gente capta cuando se expone el problema.

Como consecuencia, lo que tenía que pasar ha acabado pasando. Owen Barder, del excelente Centre for Global Development, denuncia que el Reino Unido va a empezar un programa piloto para llevar las sobras británicas a África. Que lástima, uno que creía que la profesionalidad del DFID era a  prueba de políticos, y que entendían algo básico en cooperación: que el hambre no se debe (generalmente, aunque a veces sí) a la falta de comida sino a no poder comprarla.

Actualización: sólo un mes después (y gracias a Josep Ferrer, que me avisa), me doy cuenta de que el 1 de abril es el día de los inocentes, y ese es el día en que Owen Barder escribió esto. Pero como sigo pensando lo mismo sobre el desperdicio, ahí lo dejo, para solaz y esparcimiento de los raros lectores de este blog. (Gracias, Josep).

Keynes: es más difícil erradicar ideas viejas que introducirlas nuevas

Decía Keynes que es más difícil deshacernos de las ideas viejas que introducir ideas nuevas. Tenía toda la razón. Hay una idea que ha llegado hace poco, pero que se ha enraizado tanto que hará falta maquinaria intelectual pesada para desarraigarla. La idea es que los mercados locales son lo máximo y que nos servirán para erradicar la pobreza.

En alguna ocasión ya he hablado de este tema (aquí). Hace unos días di una clase en una maestría en Madrid, y vi con desolación la casi unanimidad de la que gozaba la idea de la excelencia de los mercados locales, y lo difícil que me resultaba convencerles de que no era correcta. Mi argumento era, según mi punto de vista, claro, muy sencillo: si en las áreas rurales vive más gente en el campo que en los pueblos, hay más gente produciendo lo mismo que bocas comiendo. Y como la capacidad de comer tiene un límite, el mercado se satura enseguida. Esto se conoce como la ley de Engel, y es una de las tres básicas de la agricultura.

En los proyectos de cooperación nos ocurre a veces que tenemos una visión limitada de a quién le están yendo bien las cosas. Si construimos un mercado local y una minoría de gente que trabaja con el proyecto tiene acceso a vender, no pensamos en la proporción de gente que queda fuera. De ahí que nuestra forma de pensar debería ser algo Kantiana: actuemos como si las soluciones que propusiéramos fueran de uso universal. Si lo que proponemos no puede funcionar para todo el mundo, entonces reconozcamos que es una solución parcial y que necesitamos pensar en otra cosa para quienes quedan fuera.

El otro aspecto sobre los mercados que padece el mismo problema es la venta directa. Igualmente, la venta directa producción-consumo tiene una capacidad muy limitada por razones logísticas elementales: no es posible que cada productor venda a cada consumidor porque no se puede organizar así un mercado de millones de habitantes: no hay sitio ni programación posible. ¿Cuál es nuestro problema? Que no sabemos -y yo el primero- cómo se puede convertir en justo el intercambio de productos agrarios, que está sujeto a variación de precios y cantidades, y diferencias de productividad muy grandes entre unos productores y otros. Quizá por esto también decía Keynes que hay dos clases de economistas: los que no tienen ni idea, y los que no saben ni eso. Pero esto no nos tiene que dejar tranquilos pensando que tenemos soluciones que realmente son estéticas, pero incompletas.

En la loable lucha por un planeta más sostenible y sin pobreza no todas las soluciones aportadas con buena voluntad van a funcionar. De hecho, uno de los grandes problemas de nuestro sector (ONG para el desarrollo y ecologistas) es que erramos el tiro con frecuencia porque consideramos certeras las soluciones sólo porque muestran un escándalo -el hambre, la destrucción del medio- que compartimos todos. Pero compartir el escándalo no significa compartir las soluciones, que pueden ser mucho más complicadas.

Últimamente se habla mucho de Despilfarro (Waste, en inglés), de Tristram Stuart, autor de un libro de historia del vegetarianismo. El libro es grueso, pero para quien esté interesado puede ver reseñas (como esta) y entrevistas (como esta), suficientemente informativas como para poder hacerse una opinión.

Lo primero que me llama la atención son afirmaciones en estos enlaces de arriba como “”Calculé que si recogiera toda la comida despilfarrada en Gran Bretaña en un solo día, podría ofrecer una comida a 60 millones de personas”. “Deberíamos conseguir que los excedentes de comida fresca y comestible llegaran a las personas hambrientas, y a la vez eliminar los excedentes innecesarios que estamos creando”.

La primera frase muestra una ignorancia supina de cómo funciona el hambre: es un problema económico y político que no se soluciona repartiendo comida: el 80% de la gente que pasa hambre son productores de comida. No queremos repartirles comida, queremos que la produzcan. La segunda parece ignorar dos de las características de la agricultura, que son la variabilidad de la producción, y que los productos son perecederos.

Y hay cosas que creo que confunde:

Residuos con excedentes:

Se tratan de forma intercambiable en muchas partes del texto, cuando no son lo mismo. Una cosa es lo que tiras después de usar, y otra que sobre producción cuando la cosecha ha sido mayor de lo esperado. La fruta es perecedera, no es raro que haya que tirarla. Se produce mucha más de la que se come y se distribuye, pero si no se vendiera, se quedaría en el árbol y se desperdiciaría igual (como de hecho muchas veces ocurre). La cantidad de comida que se produce varía porque así son las cosechas: a veces buenas y a veces malas. Si son buenas, el exceso de comida es un problema para todo el mundo. Y no puedes repartir la que sobra: millones de agricultores se han arruinado por recibir los excedentes de otros países, tanto ricos como pobres.

El todo con la parte: 

Stuart expone como un problema que un agricultor produzca un 25% más de lo justo para asegurar el contrato con una empresa que le compra, pero luego establece como razonable que un sistema alimentario tenga un 30% de holgura (con lo cual, siguiendo la ley de los grandes números, todos los agricultores deberían producir un 30% más que el consumo esperado.

Los sistemas alimentarios tienen que funcionar holgados. Las escaseces (lo que él critica es que siempre  haya que tener alimentos disponibles en las tiendas) tienen dos efectos: pierdes el cliente, y suben los precios. Precisamente el problema que hay ahora con los precios de los cereales en gran parte está causado porque el margen de holgura (las reservas) es demasiado escaso.

Cosas en las que sí estoy de acuerdo:

  • En general, acierta con que hay un problema de exceso de producción disponible para la venta, pero yerra con las soluciones, que no pasan por repartir lo que sobra, porque es inviable hacerlo a gran escala (sobre todo, con lo perecedero), y sería económicamente contraproducente.
  • Es cierto que si tiramos menos se producirá menos. Es poco probable que sea fácil hacerlo. Es una falacia parcial que si consumes menos el sistema va a desperdiciar menos. Es cierto si tiras menos comida de la que has comprado. Esto animo a hacerlo a todo el mundo. Pero hay que distinguir entre la comida que se tira porque no se come en casa, de la que tienen que tirar los distribuidores porque tiene que haberla disponible en el mercado. Es probable, pero habría que demostrarlo, que si consumimos menos los distribuidores ajusten las cantidades.
  • Es un problema enorme que la comida, especialmente el grano, se pierda en los países pobres antes de la distribución. Eso hay que solucionarlo sin duda alguna.
  • Todo lo que se pueda repartir gratuitamente tiene que hacerse, pero sólo a quienes lo necesitan. El problema es aquí lo que en inglés se dice “targeting”, y es caro y complicado: decidir a quién le das. Hay que hacerlo, de todos modos, pero esto se va a llevar una cantidad ínfima. Si distribuyes más de la cuenta, los que se resienten son el productor y el distribuidor (y su supervivencia también es necesaria para el sistema). Cuando las reservas de grano en los países pobres han repartido comida indiscriminadamente, en algunos casos han desaparecido los intermediarios, y el problema del hambre se ha agravado en vez de mejorar.
  • Desechar por razones cosméticas (patatas con ojos, manzanas feas) es una tontería cuando el defecto es mínimo (pero es difícil poner la frontera, aunque claramente ahora es una exageración tirar una zanahoria porque está torcida).

¿Consiste la propuesta en ajustar más la producción del sistema? Es posible hasta cierto punto, pero ciertamente no será tan grande como afirma el autor. Qué difícil, separar el grano de la paja entre todas las buenas voluntades que intentan arreglar el mundo, pero algunas propuestas hay que desecharlas, aunque sea paradójico en este caso.

Hoy empieza la campaña más grande de la historia de Oxfam. Se llama CRECE, y se llevará a cabo en 45 países los próximos cuatro años. ¿Qué pretende esta campaña? Arreglar un sistema alimentario que no funciona. Estos son algunos de los titulares:

  • La población mundial alcanzará los 9 mil millones en 2050 ¿habrá suficientes alimentos para todos?
  • Más de 4 mil millones de personas vivirán en países con escasez crónica de #agua antes de 2050.
  • 4 de cada 5 personas no tiene acceso a protección social alguna.
  • El 40% del maíz de EEUU acaba en tanques de gasolina, no en estómagos.
  • 3 firmas agroalimentarias (Cargill, Bunge y ADM) controlan el 90% del comercio de cereales.
  • La agricultura es responsable del 30% de emisiones de gases contaminantes ¿Cómo podemos cultivar lo suficiente de manera sostenible?
  • Darle a las mujeres el mismo acceso a recursos agrícolas que a los hombres podría incrementar sus cosechas un 30%
  • La cantidad de tierra cultivable por persona es 50% menor desde 1960. La población aumenta, ¿cómo nos alimentaremos?

Lo mejor es leer aquí el magnífico informe que se ha preparado, visitar el blog 3.500 millones, donde Gonzalo Fanjul lo explica más claro que el agua, o ir a la página de Intermón Oxfam.

En 1974, después de la fuerte crisis de precios alimentarios del año anterior, la Conferencia Mundial sobre Alimentación hizo las siguientes recomendaciones: mejorar la producción de alimentos, establecer un fondo de emergencia para ayuda alimentaria, un sistema de información sobre granos básicos, mejores políticas de almacenamiento de granos, y reducir las barreras comerciales. Aunque vista la situación de precios disparados parece que no se ha hecho nada desde entonces, no es así. Se han hecho muchas cosas: hay sistemas de información, el Programa Mundial de Alimentos atiende a millones de personas, las barreras comerciales son mucho menores ahora que hace cuarenta años… pero no es suficiente. Habrá que hacer más, si no queremos pasar de los mil millones de hambrientos a los mil doscientos.

Qué hace falta:

– Aumentar las reservas. ¿Por qué, en los últimos cuarenta años, es la medida menos tomada? Porque mantener reservas es caro. Hay que circularlas (es decir, vender el grano viejo y comprar nuevo), lo que produce distorsiones en el mercado. A corto plazo reduce las existencias en el mercado, con lo que hay que hacerlo cuando no hay emergencia, no ahora. Pero sin reservas vamos mal, cuando la producción está por debajo de la demanda en siete de los diez últimos años, según Alex Evans en el recomendable Feeding the nine billion.

– Mejorar el sistema de información. Ya hay varios en funcionamiento, pero fallan entre otras cosas porque nadie sabe cuáles son las reservas de China (excepto los chinos), por lo que hay incertidumbre sobre cuánto puede aumentar la demanda china. Basta ella sola para desestabilizar el mercado mundial si la cosecha les va mal.

– Promover la capacidad de las comunidades para mantener sus propias reservas. Esto implica proveerles de capital de trabajo, crédito, tecnología y seguros climáticos, además de evitar que los precios se desplomen cuando sea el momento de que las organizaciones campesinas saquen el grano al mercado.

– Y algo que no se ha probado: en caso de crisis, parar el consumo de grano para biocombustibles, y reducir la fabricación de piensos. Lo primero es difícil, porque los picos de precios de alimentos suelen coincidir con picos de precios de petróleo. ¿Quién se atreve a tomar tal decisión política, parar la fabricación de alcohol cuando más rentable es?

– Luego hay que crear confianza en el sistema alimentario mundial: el grano no se va a acabar, la situación no es tan grave a estas alturas. Es el pánico lo que la agrava. Hay que evitar que los países exportadores dejen de exportar. Hay que poner dinero a disposición de los países importadores (el Banco Mundial dice que ya lo ha hecho).

Y sobre todo hay que producir más. Los precios altos son una oportunidad para los productores pobres si cuentan con el apoyo necesario.

Todavía podría seguir con otras medidas que ha propuesto gente que sabe del tema. Lo extraordinario es que hay bastante consenso en lo que hay que hacer. Lo que propone el banco mundial es bastante razonable; varios países del G20 (Francia, Gran Bretaña) están por la labor y Francia lo quiere tratar en su próxima presidencia del G20. ¿Y si se apuran un poquito, para sacarnos de este sinvivir? Mil  millones de personas podrían agradecerlo mucho.

En artículos anteriores (sobre todo en este) salió el tema del poco aprecio que tienen los gobiernos de los países pobres por la agricultura familiar. Es entendible que prefieran las grandes empresas: es más fácil cobrarles impuestos, porque perseguir a unas docenas de éstas cuesta menos que hacer pagar a miles de agricultores. Convencer a los gobiernos de que la agricultura familiar tiene muchos beneficios para la economía es un trabajo difícil: reducir la pobreza, favorecer la demanda interna y conservar el medio ambiente, son todos logros de poco lucimiento en las estadísticas nacionales pibcentristas.

En el Perú, una campaña en la que participa Oxfam ha conseguido formar una alianza entre la riquísima gastronomía peruana y los campesinos que la hacen posible. Una feria gastronómica, Mistura, ha logrado que la urbanita Lima mire más allá de sus arrabales y vea que hay una agricultura familiar, que sin apoyo público produce cientos de variedades de granos, frutas y hortalizas. Pero mejor miren el video, es más ilustrativo.

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