Agricultura sostenible


En el último artículo, en diciembre de 2014, hablaba de cómo piensan los creyentes. Están dominando el debate en todos los foros sobre agricultura, y el desánimo me había dominado. ¿Qué puede hacer que las danaides vuelvan por sus fueros? Una conferencia, Contested Agronomy, y cómo la ha presentado un cuarteto de bravos luchadores (del IDS, la Universidad de Wageningen y el CIMMYT) por una agricultura sin dogmatismos que funcione y sea capaz de alimentar al mundo además de a las ilusiones de algunos.

La razón para organizar el debate es que piensan que el mundo de la agricultura está dedicando sus esfuerzos a discutir pocos temas. ¿Adivinan cuáles? Estos:

Y mientras tanto, no estamos preparados para responder a la pregunta de si la agricultura está preparada para alimentar a la población creciente de una forma sostenible. Las discusiones están perdiendo calidad técnica, y en cambio ganan en intensidad emocional. Es este gráfico el que llamó la atención de una danaide:

Enconadas discusiones sobre los valores que nos mueven y casi nada sobre la técnica que debería sostener estos valores. Esto es lo que hay que cambiar.

 

Diálogo de sordos (tomado de innpulsos.com)

Como saben si han leído este blog en algún momento, el tema del modelo agropecuario es un asunto recurrente.

Las discusiones suelen tener el tono que sale en la ilustración. Como ejemplo, aunque con un año de antigüedad (lo cual no importa dado que nada cambia) está el discurso de Graziano, el director de la FAO, en el encuentro sobre inversión privada en la agricultura, y la respuesta de la Vía Campesina y otras organizaciones, que no se andan con chiquitas.

El tema es viejo: el papel del agronegocio en la agricultura y la inversión en el sector privado. La importancia que tiene el tamaño de la explotación y la productividad en la alimentación del mundo.

Esta vez adjunto este gráfico que creo que ayuda mucho a hacerse una idea de en qué espacio nos movemos cuando hablamos de los distintos modelos. Es de un artículo del IFPRI titulado Patterns of Growth and Structural Transformation in Africa, Trends and Lessons for Future Development Strategies (muy recomendable):

Transformación estructural

Si queremos que la agricultura sirva de verdad para reducir la pobreza, todos estaremos de acuerdo en que no puede quedarse, en los países pobres, en su estado actual. Es decir, de acuerdo con el gráfico, ahí donde he colocado los circulitos rojos: con  porcentajes altos de población activa y porcentaje alto del PIB, y una producción por trabajador y un valor total del PIB agrícola bajos.

La agricultura en los países ricos es la de la derecha: se dedica poca gente, representa un porcentaje bajo del PIB, pero es muy productiva y el valor de la producción es más alto que en los países pobres, donde hay mucha más gente dedicada a la agricultura.

Evolucionar de un modelo como el de los círculos a los cuadrados dejando a la mayoría de pobres rurales por el camino no es una buena solución. Es el modelo latinoamericano de la soja y el maíz, muy mecanizado, pero que deja al margen a los pequeños productores. Este modelo económico no ha sido capaz de ni de incorporar a la mayoría de la población a la industria o los servicios, ni de dotar a los campesinos que no se mueven a las ciudades de medios de producción agrícola adecuados.

Está claro (y espero que en esto esté de acuerdo todo el mundo) que hay que moverse hacia la derecha del gráfico. Esto significa intensificar la producción y mecanizarla. Pero quizá habría que quedarse por la mitad del gráfico (donde están las XXX), con agricultores más productivos que antes, pero menos que en los países ricos, mientras otros sectores de la economía no tiren de la población hacia las ciudades ofreciéndoles trabajos de verdad. Y lo más importante y difícil: moviendo a todos los agricultores hacia las XXX a la vez, sin dejar a nadie rezagado.

Aprovecho ahora que nadie estará escuchando para airear otro de los líos en que se ha metido la cooperación. Todo es culpa de una palabra: la resiliencia.

Esta palabra lleva en danza muchos años, empezó trabajando en el campo de la psicología, describiendo la capacidad humana de reponerse de traumas, luego encontró empleo en la ingeniería, en la resistencia de materiales, y luego pasó por la ecología y finalmente encontró un puesto fijo en la cooperación. En todos los campos, es la capacidad para reponerse de algo y volver al estado habitual.

En el mundo del desarrollo, ha sido muy útil para explicar cómo la gente se repone de los desastres y qué hace para que las cosas vuelvan más o menos a la normalidad. Se supone que si entendemos esto podemos saber mejor qué hacer. Hasta aquí, bien. Pero luego han venido los abusos, se ha sometido a la palabra a esfuerzos excesivos y ha terminado deformándose. En otras palabras, ha perdido la resiliencia.

Hay cientos de documentos, declaraciones de donantes y de ONG, llamadas al cambio, todos a una: hay que alcanzar al resiliencia. En inglés, hay que construir resiliencia. La mayoría no van más allá. Poner los detalles está resultando muy difícil.

¿Cuál ha sido el problema? Confundir el objetivo con el medio para alcanzarlo. La resiliencia, la capacidad de que la gente se recupere de los desastres, es el objetivo deseado por todo el mundo que trabaja en cooperación en ambientes donde hay riesgo de desastre, especialmente después de casos como el Sahel o el cuerno de África, donde las crisis alimentarias se repiten año sí año no. Los donantes son los primeros en hartarse: para no tener que apoquinar cada año (siempre tarde y a regañadientes), piden una solución: hay que alcanzar la resiliencia.

El único debate tiene que ser qué hay que hacer para alcanzarla. La multiplicación de artículos diciendo que hay que alcanzarla es inútil y un ejercicio de pereza intelectual.En un documento se haría bien en mencionarla una sola vez, al principio, y dedicar el resto a discutir qué vamos a hacer para conseguirlo. Lo que no hay que hacer es invocar una palabra como si eso fuera la solución  (para que no se me acuse de incumplir mi propia recomendación con este artículo, informo que estamos trabajando un documento sobre reservas alimentarias que saldrá en su debido momento: hacia la resiliencia, por medio de los detalles).

Las críticas sobre la agricultura ecológica que se han hecho desde este blog han sido siempre con la intención de mejorar sus carencias, desear que se aplique allí donde y cuando sea posible y criticar los extremismos sólo cuando se dan.

Desconocía que existía una secta, previa a la existencia de los orgánicos, llamada agricultura biodinámica. Algo había oído, pero ha sido sólo  después de ver un programa de la televisión catalana sobre agricultura biodinámica cuando me entero de  la la sarta de estupideces que practican. Son peligrosos porque transmiten ignorancia, lo que no es poco en los tiempos que corren, pero además porque me niego a que se gaste el dinero de mis impuestos en brujería:  me ha sorprendido ver el programa en una televisión que se ha caracterizado siempre por sus buenos programas de ciencia, pero más ver que el MARM (el ministerio de agricultura en España) ofrece cursos.

Parece que este invento lo montó Rudolf Steiner, señor que se dedicaba a muchos menesteres distintos. Por suerte, sus prácticas tienen poco futuro porque dan mucho trabajo, como se puede ver en este extracto de la wikipedia:

Preparación del campo para estimular la formación de tierra negra:

  • nº 500: (así se llama, o cuerno abonar) mezcla de tierra negra preparada al llenar el cuerno de una vaca y enterrándolo en la tierra (40 a 60 centímetros bajo la superficie) en otoño. Se deja descomponer durante el invierno y recuperarse para su uso la siguiente primavera.
  • nº 501: Cuarzo molido en polvo preparado al llenar el cuerno de una vaca y enterrándolo en primavera y sacadas en otoño. Se puede mezclar con el 500 pero usualmente se prepara solo (mezcla de una cucharada de polvo de cuarzo en 250 litros de agua). La mezcla se rocía a baja presión sobre el cultivo durante la temporada lluviosa, de manera tal que prevenga enfermedades por hongos. Se debe rociar en un día nublado o cerca de la mañana para evitar que las hojas se quemen.
  • Ambos el 500 y el 501 son utilizados en el campo mezclando una cucharadita al contenido del cuerno en 40 a 60 litros de agua por una hora, revolviéndolo en varias direcciones cada dos minutos.

Pude ver en la tele que efectivamente el ilustre viticultor biodinámico practicaba al menos la técnica del enterramiento de cuernos de vaca que se describe más abajo. Es un trabajazo: coger cada cuerno, llenarlo de tierra negra y enterrarlo. Me gustó especialmente la justificación de por qué usar cuernos de vaca: era por ser  un animal totémico, lo cual debe gustar mucho a las viñas. Luego lo mezclaba con agua y lo agitaba dando vueltas de manera que se creaba un “vórtice”. A mi me parecía un remolino. Parece que si lo haces así, el agua recuerda lo del animal totémico porque se transmite la información, y eso a la viña todavía le gusta más. Algo así como homeopatía agrícola.

Para quien no se haya cansado todavía de tonterías, aquí van algunas perlas más, también de la wikipedia:

En la preparación de abono orgánico se utilizan hierbas que frecuentemente son utilizadas como remedios medicinales:

  • Flores de hierba de carpintero (Achillea millefolium) son introducidos en en la vejiga urinaria de un venado (Cervus elaphus), colocado en el sol durante el verano, enterrado en la tierra durante el invierno y retirado en la primavera.
  • Flores de manzanilla (Matricaria recutita) son introducidas dentro de intestinos pequeños (sic) de ganado enterrados en tierra negra enriquecida en época de otoño y retirado en la primavera.
  • Ortiga (Urtica dioica) plantas en total florecimiento son introducidos bajo tierra rodeadas por combustible fósil vegetal (¿? sic)  por un año.
  • Corteza de roble (Quercus robur) se corta en pedazos pequeños y se coloca dentro del cráneo de un animal domesticado, cubierto por combustible fósil vegetal  y enterrado en la tierra en un lugar donde caiga bastante agua de lluvia.

Las plagas, como insectos o ratones de campo (Apodemus sp.) tienen procesos más complejos asociados con ellos, dependiendo de lo que la plaga se especifica. Por ejemplo, los ratones de campo han de ser contrarrestados mediante la implementación de las cenizas preparado a partir de piel de ratones de campo cuando Venus está en la constelación de Escorpión.
Las malas hierbas se combaten (además de los métodos mecánicos de costumbre) por la recolección de semillas de las malezas y la quema de ellos por encima de un fuego de madera que se encendió por la maleza. Las cenizas de las semillas se esparcen en los campos, luego rocía ligeramente con la orina clara de una vaca estéril (la orina debe ser expuesto a la luna llena durante seis horas), esta es la intención de bloquear la influencia de la luna llena en la mala hierba en particular y de hacerla estéril.

Menos mal que para quitar las malas hierbas además se usan los métodos mecánicos de costumbre. Así no resulta un completo fracaso. Pero mi problema es ahora, ¿de dónde saco una vaca estéril? (por no hablar de la vejiga de venado).

En el blog No me hagas mucho caso aparece un nuevo aliado (para mi, que no lo conocía) en la lucha contra el oscurantismo: un genio de la música y la letra llamado Tim Minchin. Aquí recitando un poema:

Gran parte de las huestes que se oponen (o nos oponemos de vez en cuando) a los transgénicos lo hacen porque una multinacional (que suele ser Monsanto) amenaza con un producto que va a contaminar los cultivos vecinos con unos  genes por los que luego va te van a cobrar, sin que tú los hayas  pedido previamente. No se me ocurre un futuro más estremecedor que una alianza entre Monsanto y la SGAE, con agentes encubiertos de esta última buscando genes de pago en nuestros huertos.

Pero este caso es distinto. Un organismo público, la agencia brasileña Embrapa, ha preparado un frijol transgénico resistente al virus del mosaico dorado. Ahora ya no es el coco, sino una empresa pública, la que ha introducido un gen que produce la resistencia al virus. Aquí explican en un powerpoint cómo lo han hecho. No parece peligroso. Resuelve el problema, y es público. ¿Nos vamos a oponer a esto, porque en vez de producir la variedad resistente mediante innumerables cruces, lo han hecho metiendo un gen mediante ingeniosos procedimientos? Alguien podría decir que esto llevará a una uniformización de las variedades. No tiene por qué ser así: tendría que ser posible introducir el gen de la resistencia en cuantas más variedades mejor. Opongámonos a los monopolios, pero no a la tecnología. Estaremos atentos a lo que pase (gracias a Antonio Glez del Tánago por la información).

Hoy empieza la campaña más grande de la historia de Oxfam. Se llama CRECE, y se llevará a cabo en 45 países los próximos cuatro años. ¿Qué pretende esta campaña? Arreglar un sistema alimentario que no funciona. Estos son algunos de los titulares:

  • La población mundial alcanzará los 9 mil millones en 2050 ¿habrá suficientes alimentos para todos?
  • Más de 4 mil millones de personas vivirán en países con escasez crónica de #agua antes de 2050.
  • 4 de cada 5 personas no tiene acceso a protección social alguna.
  • El 40% del maíz de EEUU acaba en tanques de gasolina, no en estómagos.
  • 3 firmas agroalimentarias (Cargill, Bunge y ADM) controlan el 90% del comercio de cereales.
  • La agricultura es responsable del 30% de emisiones de gases contaminantes ¿Cómo podemos cultivar lo suficiente de manera sostenible?
  • Darle a las mujeres el mismo acceso a recursos agrícolas que a los hombres podría incrementar sus cosechas un 30%
  • La cantidad de tierra cultivable por persona es 50% menor desde 1960. La población aumenta, ¿cómo nos alimentaremos?

Lo mejor es leer aquí el magnífico informe que se ha preparado, visitar el blog 3.500 millones, donde Gonzalo Fanjul lo explica más claro que el agua, o ir a la página de Intermón Oxfam.

Sí, es el título de la película 300, pero en vez de espartanos, científicos, y además cien más. Es el número de científicos necesarios para hacer un mega-macro-super estudio, el definitivo, sobre agricultura. Se llama Global Food and Farming project report, y han trabajado en él 400 científicos: The Project has involved around 400 leading experts and stakeholders from about 35 countries across the world.

Luego me quedé pensando en que esta cifra me sonaba y se me ocurrió googlearla: 400 scientists. Y lo que salió fue curioso:

– 400 científicos negaron en 2007 que el cambio climático fuera causado por el hombre.

– 400 científicos elaboraron el famosísimo estudio de la IAASTD de 2008, que decía que la agricultura, mejor sostenible.

– 400 científicos desconfían de Darwin aquí.

– Otros 400 se juntan aquí para hablar de inmunología.

– Y 400 para descubrir el secreto de la Mona Lisa!

Total, que si alguien quiere hacer un estudio serio, que se prepare para pagar a 400 científicos. Ay, de las instituciones científicas pobres, españolas o las dos cosas, de dónde van a sacar 400 científicos…

Bromas aparte, el estudio del que hablaba tiene muy buena pinta. Si tengo tiempo de mirármelo más a fondo, además daré mi opinión (humilde, cómo podría contradecir a 400 científicos).

Esta es la pregunta que se hace la BBC en este documental de radio. Hay una red del movimiento Slow food llamada Terra Madre que agrupa a comunidades indígenas y campesinas de todo el mundo. Defienden su derecho a producir la comida tradicional y a tener acceso a la tierra. Se ha convertido en un movimiento importante, con mucha atención de los medios de comunicación.  Mi preocupación se centra en que la atracción mediática pueda conducirnos a soluciones anecdóticas e inviables. Que lo que defienden no baste para alimentar a nueve mil millones en 2050, por lo que sea mejor pensar que este no es el camino. ¿O sí puede serlo?

Las preguntas que deberíamos hacernos:

¿Nos estamos centrando en lo importante o en la anécdota?

¿En qué consiste exactamente: es una desindustrialización? ¿es un movimiento por la comida local? ¿qué problemas solucionaría, y cuáles quedarían intocados?

Me preocupa que no resolvamos el problema esencial, y que confundamos el derecho a la buena comida con el problema del hambre en el mundo. Quizá los problemas que hay que tratar no sean los mismos. Le interesa a slow food el reglamento de funcionamiento del Programa Mundial de Alimentos? Tema sexy donde los haya para los medios. ¿O las discusiones -ahora paradas- en la OMC? Dudas, siempre dudas.

¿Qué distingue un pimiento -chile dulce o ají en América- de otro? ¿Qué piensan ahora los consumidores acerca de quién los produce?
Si queremos que la agricultura sea una de las fuerzas que acabe con la pobreza rural, esto pasa por que los pequeños productores dispongan de los apoyos necesarios. Hay dos maneras posibles de verlo: o bien los pequeños productores reciben las ayudas porque tienen derecho a ellas, porque ser pobres significa que sus derechos son vulnerados, o bien las reciben porque son útiles para producir comida sana y ecológica (esto último no siempre es así, pero trabajamos para que lo sea) y porque cuidan el medio ambiente. Ambas pueden coexistir, pero de cuál de las dos reciba más peso depende de las soluciones que se tomen.

A la vez, hay dos maneras de buscar las soluciones:

Una es que sean los consumidores los que conscientemente pidan que la comida sea producida en condiciones justas. Esto implicaría poder distinguir un pimiento de otro (posible en países ricos gracias a la trazabilidad, pero no en los pobres) y poder fijarse en la composición de lo que compramos si queremos evitar que contenga soja transgénica, por ejemplo, o que la transnacional que nos lo vende no está implicada en barrabasadas. Pero en esa composición hay muchas materias primas compradas en mercados internacionales (¿de dónde viene el maíz de los Kellogs?) en los que la trazabilidad es casi imposible, y lo único que nos permite saber si compramos un producto justo es el hecho de que la empresa que lo vende esté acusada o no de ser unos bellacos. Algo muy difícil de demostrar.

Otra sería que los gobiernos de todo el mundo se encarguen de hacer que se cumplan las leyes laborales y medioambientales, que gasten dinero en promover la agricultura familiar (porque mucha gente vive de ella) y asumir el diferencial de productividad entre grandes y pequeños, dentro de unos límites razonables. Pero a la vez es bastante dudoso que una manifestación para reivindicar este papel gubernamental juntara a más de tres personas. Ni la explicación de las demandas cabría en la pancarta que encabeza la manifestación.

Esto nos lleva a algunas preguntas:

  • ¿Puede conducir la búsqueda de un consumo responsable a que los gobiernos tomen medidas para apoyar a la pequeña agricultura en países ricos y pobres? ¿Cómo se pasa de lo primero a lo segundo?
  • ¿Existe el riesgo de que esto conduzca a percepciones equivocadas como el consumo local como una opción justa? ¿a que los consumidores exijan equivocadamente  el apoyo sólo para quienes se dedican a la agricultura orgánica, pero no cereales con abonos químicos, o la verduras producidas a menos de 100 km?

Me extraña que la Vía Campesina y Greenpeace no estén clamando a estas alturas un ¡ya lo decíamos nosotros y nosotras! después del reportaje de Le Monde del 19 de octubre, titulado La mauvaise graine de Monsanto. Resulta que ya hay seis millones de hectáreas en 22 estados estadounidenses que han sido invadidas por una mala hierba que se ha vuelto resistente al Round Up, el herbicida asociado a la soja transgénica. Nada de lo que extrañarse: la selección natural en acción. Había alguna mala hierba resistente y ésta se ha reproducido hasta invadirlo todo. Según cuenta Le Monde esto ocurre ya en Brasil, China, Argentina y Canadá.

Nada sorprendente, si acaso la ingenuidad de Monsanto que no parece haber pensado que esto iba a pasar. Eso dicen: “Pensábamos que el surgimiento de resistencias sería difícil. Ahora debemos reconocer que habrá que utilizar otros productos junto con el Round Up para controlar las malas hierbas”. Empieza la carrera: ya preparan soja resistente a Dicamba (otro herbicida) y un algodón resistente a tres herbicidas diferentes.

La batalla contra las malas hierbas no es distinta de la de la medicina contra las bacterias (desarrollando antibióticos) o la de los pesticidas contra los insectos. Es una carrera de armamentos en la que se utilizarán cada vez más herbicidas más potentes contra malas hierbas más resistentes. No augura nada bueno para el medio ambiente. La agricultura mecanizada más moderna ya no piensa en quitarlas por medios mecánicos, aunque hayan tenido que hacerlo este año con un ejército de jornaleros contratados.

¿Lo peor? Para quien quería volver a las semillas convencionales, ya no las había en los almacenes. Tuvo que suministrarlas  la universidad de Arkansas. Había otro transgénico con otro herbicida de Bayer, pero no había semillas suficientes. Aunque, cuenta Le Monde, ningún agricultor lamenta haber utilizado los transgénicos. Ganaron mucho dinero mientras duró.

Cada año en mi organización (Oxfam) se habla de que hay que definir el modelo agropecuario que queremos. Cuando surge la pregunta paso algunos días malos. Contesto con evasivas, finjo que estoy leyendo un estudio interesantísimo o que tengo trabajos urgentes. Mi mujer me conoce y se preocupa y en esos días me prepara sopas con hierbas que dice que son buenas para la melancolía.

Me pongo así porque sé que no es fácil decir qué queremos. Sé que volverán las eternas discusiones sobre qué es la agricultura familiar, qué significa ser un pequeño productor (nada que ver con la estatura ni el sexo), si la agricultura familiar o la agroecología alimentarán al mundo o si vamos a necesitar los transgénicos o vamos a prohibirlos. Luego entraremos en la producción para la alimentación local o la exportación. Pedirnos que definamos el modelo agropecuario es como pedirle a la izquierda que diga qué economía es posible en un mundo globalizado. Ahí es nada. Nos salen documentos llenos de pies de página, excepciones, matices y aclaraciones.

Detrás de todo esto está la necesidad que tiene la izquierda de juzgar lo que es bueno. La derecha no juzga lo bueno, sino que evalúa lo útil y mira si es posible técnicamente, sin preocuparse mucho por lo que pase después. Nosotros, que sí nos preocupamos por estas consecuencias sobre personas y medio ambiente, estamos obligados a elucubrar qué puede pasar si elegimos un modelo u otro, más o menos fertilizantes, más mecanización o menos, biocombustibles sí o no. No es nada fácil. Si la sopa contra la melancolía hace su efecto, quizá vaya a resumir algunos puntos sobre qué puede ser bueno pedir, concretamente.

El humo de los incendios oculta el sol

Vengo de Bolivia, decía. Tenía un viaje previsto a la Amazonía (departamento de Pando), pero fue imposible llegar debido al humo, que mantenía los aeropuertos cerrados, igual que en Rusia este verano. El humo procedía de miles de incendios, producidos por los campesinos y ganaderos que buscan preparar la tierra para la estación de lluvias. Los bolivianos lo padecían con aparente fatalismo, como si la cosa no tuviera solución. Algunas señales grandilocuentes del gobierno, como la amenaza de expropiar a los que queman, pero con pocas probabilidades de que se lleven a cabo.

La cosa es complicada. Entre la comunidad de oenegés bienpensantes, es una herejía hablar a favor del fuego. Pero la gente no quema por gusto, ni por costumbre, sino por necesidad. En España, si uno habla con los viejos del lugar, oye las historias de las quemas controladas para limpiar el bosque y hacer rebrotar los pastos. Como esto ya no se hace, tenemos grandes incendios. Pero como no es conveniente hablar de oídas, porque no lo hace nadie en el mundo de la cooperación, vayamos a las pruebas (científicas, cómo no) y veamos pros y contras. La fuente es una de las biblias del manejo de pastos, Tropical grassland husbandry, libro caro y que se encuentra ya sólo de segunda mano, pero muy bueno.

Para empezar, hablamos de la quema de pastizales, no hablamos del método de tumba y quema de bosques para conseguir más tierra cultivable o más pasto. Esto es lo que dice el libro:

A favor de la quema:

  1. Control de arbustos en los pastos: hay menos arbustos donde se quema que donde no se quema.
  2. Eliminar las partes leñosas y fibrosas que no se comerá el ganado.
  3. Obtener una composición de especies más deseable: algunas especies deseadas por los ganaderos (Panicum maximum, Hyparrenia rufa, y Andropogon gayanus) responden bien a las quemas y se hacen dominantes.
  4. Estimula el crecimiento fuera de estación y mejora la calidad de la hierba.
  5. Controla la mosca tse-tse (en África).

En cambio, uno de los factores tradicionalmente a favor, el efecto fertilizante de las cenizas, es falso, pues estos minerales hubieran llegado igualmente al suelo con la descomposición de la materia orgánica.

En contra de la quema:

  1. Reduce las reservas alimenticias de la planta disponibles para el crecimiento.
  2. Deja el suelo desnudo a merced de la erosión.
  3. Hay pérdida de nitrógeno orgánico, carbono almacenado en la tierra y materia orgánica.
  4. Las quemas descontroladas queman los bosques.

Al final, es una cuestión técnica: si los campesinos queman para ahorrar mano de obra, que necesitarían en grandes cantidades para controlar los arbustos, ¿qué soluciones se les pueden ofrecer para que no tengan que quemar, o lo hagan menos, o de forma controlada? Crowder y Chedda, los autores del libro, opinan que con quemar cada tres o cuatro años ya está bien. Hay que quemar bastante antes, no justo antes, de la temporada de lluvias, pero no demasiado pronto, porque las reservas alimenticias tienen que estar ya en las raíces, no en las hojas. El resto de métodos de control, implican mecanización (fuera del alcance de la mayoría) o mano de obra (lo mismo).

Prohibirlo es posible, pero poco realista. No talar el bosque para que no haya ganadería, nos remite a artículos anteriores sobre el control del territorio: sólo el Estado capaz de hacerlo lo conseguirá. Al final, sería la mejor solución, pero igualmente es difícil. En otro artículo les hablo de cómo en Bolivia los indígenas están logrando controlar la tierra.

La Unión Europea acaba de sacar este 10 de junio los criterios de sostenibilidad de los agrocombustibles, o biocombustibles, o como prefieran llamarles según su filiación política. Se trata de un sistema de certificación que pretende evitar que los biocombustibles se cultiven a costa de destruir bosques o humedales. No me he leído todavía los detalles, sólo el comunicado de prensa, pero al fin y al cabo no importa, porque el problema no está en los biocombustibles. Quien tenga ganas de leer los documentos de la UE, están aquí.

Está muy bien que se pueda certificar que no se destruyen bosques. Esto no va a evitar que se destruyan, porque el problema no es “los biocombustibles destruyen los bosques”. El biocombustible es un subproducto, es decir, procede de un cultivo que sirve para otras cosas. Se dedica a biocombustibles si el precio es favorable. Si no, se hace jabón, se engordan pollos o se mete en los platos precocinados de forma igualmente rentable.

Los problemas son tres:

  1. que dedicarlo a biocombustible sea más rentable que a comida en un momento dado (lo cual es un tremendo problema, porque los que tienen coche tienen más dinero que los que necesitan comida). La competencia con la comida es, pues, circunstancial. Esta competencia no es muy distinta de la que se daba antes entre productos para exportación y comida para el país. Depende de quién paga más, en qué momentos.
  2. que los paquetes tecnológicos sean muy eficientes. La soja es un tesoro para los grandes sojeros porque es fácil, hay maquinaria probada, crece rápido. La palma es muy productiva: ¡5.000 litros de aceite por hectárea! Si no se usa para biocombustible, se usará para otra cosa.
  3. que no haya control sobre el territorio. Este es el problema clave. La normativa sobre biocombustibles no evitará que los bosques sean destruidos para cultivar palma de aceite. Evitará que esa palma de aceite se convierta en biocombustible, que no es lo mismo, pero no que este aceite se convierta en veinte productos distintos (miren las etiquetas en el súper: el aceite de palma está en todos lados). Mientras haya un producto rentable que pueda sembrarse en un sitio virgen, el sitio virgen está en peligro.  No sirve que protejan al bosque del biocombustible, lo que hay que hacer es protegerlo de cualquier destrucción, sea para lo que sea. Y para esto, los Estados tienen que controlar el territorio, lo que raras veces pueden, o quieren.

Durante siglos, después del Renacimento en Europa, se pensó que dominar la naturaleza era cuestión conseguir hacer cosas técnicamente difíciles. Hasta la invención de la ecología como ciencia (hay controversia en las fechas, pero como muy pronto fue en el siglo XIX) no se empezó a entender que esto de las relaciones entre seres vivos es una cosa complicada.

Ahí está la clave, en la diferencia entre lo difícil y lo complicado (hoy en día se llama complejo, queda mejor). Fabricar un transgénico es difícil, aunque cada vez menos. Entender cómo un transgénico se relacionará con su medio es comprender la complejidad, y en esto todavía estamos muy atrasados. Las transnacionales que juegan a aprendices de brujo nos venden soluciones técnicamente difíciles, pero simples, a problemas complejos. Difícilmente funcionará. La agricultura sostenible (en este caso, a través del manejo integrado de plagas), busca soluciones técnicamente más fáciles teniendo en cuenta la complejidad. Es posible que los resultados de esta última no sean espectaculares desde el comienzo, pero es probable que a medio plazo funcione mejor.

Una prueba nos llega ahora desde China: Yanhui Lu y su equipo muestran cómo el uso de algodón Bt ha producido un aumento de otra plaga, un insecto heteróptero (el Apolygus lucorum). La causa es que se usan menos insecticidas (el objetivo del algodón bt es ese, para eso lo lleva incorporado), pero el escarabajito es resistente a la toxina del Bt. Para controlarlo habría que usar otros insecticidas, pero entonces para qué queremos que el algodón sea Bt… Lo único seguro es que no hay soluciones mágicas, ni transgénicas ni de ningún tipo. La ecología nos enseña que la naturaleza está formada de muchas piezas y que se reordenan constantemente. Cuanto más amplia sea la visión que tengamos, mejor.

Astérix siempre ha sido mi fuente de cultura antigua. En este caso, es de Astérix Legionario, y tardé años en saber qué significaba (se leen cómics antes de aprender latín en el instituto). La frase original,  “Timeo Danaos et dona ferentes“, es de Virgilio: la dice Laocon, advirtiendo a los troyanos que no acepten el caballo que les regalan los griegos: “Temo a los Danaos incluso cuando nos ofrecen regalos”. A los griegos a veces los llamaban Danaos, porque descendían del rey Danao, el mismo que tenía a las Danaides como cincuenta hijas. Como ven, este rey dio mucho que hablar y ya sale en este blog por dos historias distintas.

La BBC le ha dedicado un reportaje (aquí, en inglés) al programa Water Efficient Maize for Africa (WEMA). Este programa pretende conseguir una variedad de maíz resistente a la sequía, utilizando tres vías de investigación distintas, una de ellas con transgénicos. Monsanto colabora con esta última tecnología, y no va a cobrar royalties por lo que se obtenga.

En el artículo sobre el enfoque de derechos (dos más abajo que este) hablaba de cómo el informe del relator de la ONU para el derecho a la alimentación dice  que las prácticas de competencia se han regulado siempre para progeter al consumidor, casi nunca  al productor. Para mi, el principal problema de los OGM no es el posible daño a la salud (no se ha podido demostrar que exista), ni la contaminación de otras variedades (que sí se ha podido demostrar), sino que sea posible patentar la vida.

Suena tremendista, esto de patentar la vida (el tremendismo es algo frecuente en nuestro sector), me dirán, porque lo que se patenta es sólo unos genes. El problema es que se patenta una parte de un ADN que ha sido obtenido mediante selección desinteresada por parte de millones de agricultores (sobre todo mujeres, que se han encargado siempre de la selección de la semilla) y nadie les ha pagado por esto. Es como si al Quijote, Monsanto le cambiara dos párrafos de sus quinientas páginas, y te vendiera el Quijote entero como si fuera nuevo. Es posible que estos dos párrafos sean muy importantes, y que incluso cambien el final, pero las restantes cuatrocientas páginas no son suyas. Se dio un caso incluso de una empresa que patentó un frijol que se robó en México, sin hacerle ni siquiera ningún cambio.

El caso es si debemos desconfiar de Monsanto incluso cuando ofrece regalos. ¿Es, como hace miles de años, un caballo de Troya, su ofrecimiento de maíz resistente a la sequía, libre de derechos? Transgénicos públicos, tal vez. Privados, desconfiemos (Sergio habla de la diferencia entre interés público y social, aquí).

Esta tribu vive sobre todo en países fríos y ricos, aunque han logrado extender su influencia a muchos países tropicales. Están emparentados con los mopongo y los luditas, con los que tienen en común su visión romántica de la agricultura y sus aficiones estéticas (les gusta el campo, pero no suelen vivir de él). Entre sus costumbres destaca su querencia por los alimentos locales y de temporada. Se agrupan en movimientos como “buy local” (compra local).

Estos son sus argumentos, y hay que reconocer que son potentes:  la comida sabe mejor, conserva mejor sus nutrientes, preserva la diversidad genética, está libre de OGM, apoya a las familias locales, ayuda a construir comunidad, preserva los espacios abiertos cerca de las ciudades, ahorra gasto público (porque las granjas requieren menos servicios que las ciudades -esto les encanta a los anglosajones-), mejora el medio ambiente, y asegura comida para el futuro (la alusión a la seguridad que no falte entre los estadounidenses). ¿Quién tendría algo que decir a virtudes tan razonables?

Los argumentos son morales, y tienen que ver con quién produce qué, y a qué otra cosa podrían dedicarse. Desde que empezó la era industrial, el mundo se ha organizado como un norte rico con una gran parte de la mano de obra dedicada a industria y servicios, y una pequeña parte en la agricultura, y el sur pobre, dedicado sobre todo a la agricultura. Williams, en su libro El campo y la ciudad,  lo describe así:

“…a mediados del siglo XIX la economía inglesa había alcanzado un punto tal que la producción nacional ya no alcanzaba para alimentar a la población del país. De modo que se instauró, pero esta vez a escala internacional, la tradicional relación entre ciudad y campo. Las tierras distantes se convirtieron en las zonas rurales de la Gran Bretaña industrial. (…) en las tierras distantes, fuera del alcance de la vista, se había estado formando un enorme proletariado. Como escribió Orwell en 1939 después de haber visitado algunas de esas regiones: Lo que siempre olvidamos es que la abrumadora mayoría del proletariado británico no vive en Gran Bretaña, sino que está en Asia y África.”

El problema es que este proletariado que mencionaba Orwell vive en gran parte de los productos que venden a mercados distantes. En este magnífico informe sobre Food miles, Oxfam y el IIED desmontan muchos mitos sobre la influencia que tiene en el efecto invernadero el transporte de comida, y plantea un problema ético: más de un millón de agricultores africanos venden sus productos a la Gran Bretaña. ¿Vamos a dejar de comprarles por comprar local? No hay muchas ocupaciones alternativas a la agricultura en sus países.

Hay quien podría argumentar que si dejan de vender al norte, que lo hagan en el sur, entre ellos. Sería  la aplicación del “compra local” dentro de los países pobres. Pero también tiene sus inconvenientes, en este caso  la poca demanda local de comida considerando la proporción de población rural/urbana. La mayoría de la población pobre  de las zonas rurales se dedica a la agricultura. Normalmente producen lo mismo que sus vecinos: es decir, en Centroamérica todo el mundo produce maíz y frijoles, plátanos, yuca, etc. Es difícil venderle al vecino, porque normalmente ya tiene, y los mercados locales tienen una capacidad limitada de absorción. ¿Por qué?

La gente tiene una capacidad limitada de comer, con lo cual, si hay más de un 50% de la población en la agricultura, y en las ciudades la gente come un plátano por persona y día, cada persona que se dedique a la agricultura podrá vender un plátano por día sólo a una persona. No más. La única manera de vender más es acudir a mercados más lejanos, a veces muy distantes, donde la concentración de población urbana supere en mucho a la rural. Esto implica transportar comida.

En resumen, que no sean los agricultores de los países pobres quienes paguen el pato (criado localmente o no), y que en las cuestiones sobre agricultura y mercados son siempre muy complicadas.

La Masia

La Masia, Joan Miró, 1922

El último susto alimentario mundial, la crisis de 2008, ha podido poner sobre la mesa dos hechos que han estado durante decenios fuera de la agenda política: que la inversión en agricultura ha estado descuidada, y que pasa hambre más gente que nunca (más de mil millones de personas). Ahora que queda claro, y ante la posibilidad de que llegue dinero para invertir en agricultura, hay que poner ciertas precauciones.

La última gran inversión en agricultura se dio durante la revolución verde, en los sesenta y setenta. Entonces se lograron grandes aumentos de producción, que redujeron mucho los precios agrícolas, especialmente de los cereales. Los precios han bajado desde entonces, salvo picos puntuales como los del 73-75 y 2007-2008. Ahora que se espera –si se cumplen las promesas del G8- que haya dinero para la agricultura, es crucial cómo invertirlo.

No es un gran secreto lo que hay que hacer. Para garantizar la seguridad alimentaria hay que construir carreteras y riego (sostenible), gastar en investigación agrícola, regular los mercados de cereales y demás cosas en las que hay un consenso bastante general (para quien tenga tiempo y ganas, conté lo que creía que había que hacer en esta ponencia en FRIDE).

Los peligros son que todo el mundo, países pobres incluidos, se pongan a producir  y vuelvan los excedentes y los precios bajos,  y que haya una sensación general de tranquilidad, porque los precios están bajos, cuando en realidad empiezan los problemas para los productores menos productivos. La clave para evitarlos está en aumentar la producción y a la vez establecer mecanismos de control de inventarios que eviten la sobreproducción y el desplome de los precios.

En agricultura, el precio que rige es el más bajo, porque los productos están poco diferenciados. Si a los agricultores más productivos de una región les va bien (los terratenientes, muchas veces), todos los menos productivos de esta misma región o de las regiones vecinas con las que haya comercio tendrán que plegarse a los precios que los más eficientes fijen. Es como si usted fuera al trabajo un día y le dicen, no, hoy no trabaja. Usted cobra 10€ la hora, pero hoy ha aparecido fulanito y trabajará por 8€. Que cada día que vaya a trabajar, pueda encontrar a alguien que lo haga por menos. Así es como funcionan los precios agrícolas.

Imaginémonos la agricultura como una carrera de fondo. En cabeza va la agricultura industrial, con rendimientos altos, mecanización y poco uso de mano de obra. Los medianos agricultores la siguen. La agricultura campesina va a la cola a mucha distancia. Lo que quisiéramos, para tener un mundo con menos pobres, sería que la distancia entre quienes van en cabeza y el pelotón de cola sea menor. El precio es el récord en la distancia, y van a la final los que pasan el tiempo de corte. ¿Cómo conseguir que pase la mayor parte de corredores posible?

Para conseguir un pelotón más compacto, podemos frenar a los que van en cabeza. Lo primero es no subvencionarles. Aquí hay un ejemplo (en The 2008 Food Price Crisis: Rethinking Food Security Policies, de  Anuradha Mittal, de cómo lo hacen en los EEUU:

In 2003, the United States exported wheat at 28 per cent below the cost of production, soybeans at 10 per cent below the cost of production, corn at 10 per cent below the cost of production, cotton at 47 per cent below the cost of production, and rice at 26 per cent below the cost of production (IATP, 2005).

Pero los rendimientos de la agricultura moderna son mayores sobre todo por la mecanización y el paquete tecnológico. En este aspecto es difícil impedir que corran más: no les puedes obligar a usar menos cosechadoras gigantes, aunque sí puedes prohibir los transgénicos (de los que tampoco hay pruebas irrefutables de que rindan más). También se puede limitar el uso de fertilizantes, pero esto es difícil de controlar.

Si no ayudas a los más rápidos, tiene una consecuencia: el récord en la distancia será peor. Es decir, los precios de la comida serán más altos: una consecuencia inevitable de un sistema más justo.

La única manera de mantener el pelotón compacto es ayudar a los que van más lentos. Hay que lograr que corran más: es decir, que sean más productivos. No puedes lograrlo sólo con agroecología. Hay que promover la mecanización, y tienes que conseguir que el paquete tecnológico (cuyo rendimiento dependerá sobre todo de la cantidad de insumos –químicos u orgánicos- y de la calidad de las semillas) les permita pasar el tiempo de corte. Si no lo pasan, no les sirve ser más ecológicos que los demás.  También les puedes regalar unos segundos: eso sería subsidiarles, y es correcto si queremos que todo el mundo entre en la carrera.

Dice Umberto Eco que para resolver algunos problemas debemos demostrar que no tienen solución. Es el caso del fósforo y la agricultura. El fósforo, junto con el nitrógeno y el potasio, es un elemento básico que las plantas necesitan para crecer. Este es el ciclo del fósforo:

Ciclo del fósforo

Ciclo del fósforo

El fósforo no se puede fijar tomándolo del aire, tal como hacen las leguminosas con el nitrógeno. El que hay en el suelo es aquel con el que se cuenta . Los árboles lo pueden extraer de más profundidad, y lo depositan en la superficie del suelo, donde pueden utilizarlo otras plantas. La minería aporta otra gran parte, de los yacimientos de fosfatos. De ahí se aplican a los cultivos, y por escorrentía terminan en el mar. Ahí empieza parte del problema.

En el artículo A safe operating space for humanity, aparecido en Nature, se habla de los límites que la humanidad no debe superar. En cuarto lugar aparece el ciclo del fósforo: estamos arrojando demasiados fosfatos, la mayoría procedentes de la agricultura, a los océanos. El artículo dice que entre ocho y nueve millones y medio de toneladas acaban en el mar. Si sobrepasamos los once millones, se puede producir una falta de oxígeno grave que produciría una gran extinción de especies, y el agravamiento del cambio climático por pérdida de capacidad de éstos para absorber dióxido de carbono. Ya existen zonas así.

Sin embargo, los fosfatos son necesarios. Cuando cultivamos, extraemos fósforo en forma de alimentos que no regresa al terreno, y éste se empobrece. Los defensores de la agricultura orgánica argumentarán que hay que reciclar los nutrientes, lo que hay que hacer en la medida que sea posible, pero es imposible hacerlo completamente. Algo de fósforo se perderá siempre, y hay que reponerlo. Además, en las zonas tropicales los suelos son ácidos y están muy lavados de fósforo: lo necesitan incluso más que en los países ricos, y lo usan mucho menos porque los agricultores no tienen con qué pagarlo.

Seguramente los países tropicales deberían usarlo más (sin que se opongan los agroecólogos integristas), y los ricos y templados menos, para evitar traspasar el umbral. No será fácil renunciar a parte de la productividad de país rico, pero habrá que hacerlo, producir menos, y ajustar los costes de la comida a límites sostenibles. Comer será más caro.

Por si fuera poco, las minas de fósforo no serán eternas: si ponen en google “peak phosphorus“, es decir, el punto en el que el fósforo esté próximo a acabarse, salen miles de resultados. Algunos hablan de entre 50 y 130 años, otros de 30 (probablemente exageran). Y como para que aparezca la especulación no hace falta más que crear el miedo, tenemos todos los números para otras crisis alimentarias basadas en el desabastecimiento de fósforo. Todavía falta, pero llegarán. Habría que ir pensando en cómo conseguimos que los ricos usen menos, los pobres más, y todos contentos.

borlaug

Norman Borlaug fue uno de los padres de la revolución verde y premio Nobel en 1970.

Hoy en día la revolución verde recibe muchas críticas, con razón en algunos casos (quizá fue demasiado optimista en cuanto a la sostenibilidad ambiental de lo que defendía), pero sin razón en la mayoría: ha sacado del hambre a millones de personas en Asia y América.

Borlaug fue consciente de las posibilidades que ofrecía la mejora tecnológica en agricultura, pero tambien lo fue de sus peligros. Este es un extracto de lo que opinaba sobre la biotecnología:

A growing number of agricultural scientists, (…) anticipate great benefits from biotechnology in meeting our future food and fiber needs. Since most of this research is being done by the private sector, which patents its inventions, those of us concerned with agricultural policy must face up to a potentially serious conundrum. Most of those being born into this world are among the abject poor, most of whom live in rural areas of the developing world and depend on low-yielding agricultural production systems to eke out a meagre existence. How will these resource-poor farmers be able to afford the products of biotechnology research? What will be the position of these trans- national agribusinesses towards this enormous section of humanity that still lives largely outside the commercial market economy? This issue goes far beyond economics; it is also a matter for deep ethical consideration. Fundamentally, the issue is whether small-scale farmers of the developing world also have a right to share in the benefits of biotechnology. If the answer is yes, then what is the role of international and national governments to ensure that this right is met? I believe we must give this matter serious thought.

Se puede encontrar en su artículo FEEDING A WORLD OF 10 BILLION PEOPLE: THE MIRACLE AHEAD. Este artículo puede servir para profundizar en el debate sobre la productividad agrícola, las necesidades de alimentación de multitudes enormes y la viabilidad de las pequeñas explotaciones en relación con las grandes. El debate seguirá abierto por muchos años.

La pérdida de suelo por erosión fue la causa de que los padres de Tom Joad perdieran su granja en Oklahoma. El viento sopló, no llovió, y perdieron cuatro cosechas consecutivas. Como estaban endeudados con el banco, fueron embargados. Así lo cuenta la novela Las uvas de la ira, de John Steinbeck, o la película de John Ford. Tom Joad se ha convertido en un símbolo de las luchas agrarias desde entonces, con canción de Bruce Springsteen incluida (la letra, aquí):

En toda Norteamérica se perdieron unos 400.000 km2 de tierra fértil. En los años 30, el gobierno de los EEUU decidió subsidiar las prácticas de conservación de suelo, al entender que el costo social de no cuidar la tierra es mayor que el costo individual.

Rainer Schickele era un economista agrícola alemán, emigrado a los EEUU en los años treinta, que colaboró en el establecimiento de los programas de conservación de suelos. En su Tratado de Política Agrícola escribía, en 1954:

“Es difícil medir en dinero el valor de las pérdidas por erosión y los beneficios de las operaciones de conservación. Podemos decir con seguridad que ambas cosas son mayores para la sociedad que para el individuo, debido a la diferente proyección en el tiempo de sus respectivos puntos de vista. Al explotar un terreno, el agricultor a menudo puede lograr mayores ingresos netos, durante un buen número de años, de los que obtendría haciendo gastos de conservación”.

En los países donde hay frontera agrícola, cuando una parcela no da más, la familia se muda a otra tierra adentro, tumbando bosques para conseguir nueva tierra cultivable. Económicamente, es una opción razonable para la gente. Ecológicamente, no lo es, de lo que se puede deducir que es necesario compensar a las familias agricultoras para que cuiden la tierra cuando obtendrían más ingresos si no lo hicieran.
La ampliación de la frontera agrícola no debe ser la solución, que favorece aplicar la agricultura como si fuera minería. Pero dado que económicamente puede ser racional agotar una parcela para ir a otra disponible, si no queremos que ocurra habrá que pagar por ello.
En mi opinión, la pérdida de suelo es un problema a corto plazo mayor que el cambio climático (que es más grave a largo plazo). Lo estamos perdiendo por malas prácticas agrícolas, como no reponer los nutrientes extraídos o provocar erosión por mala labranza. También por dedicar los mejores suelos a la industria o residencia. La creciente sensación de que faltará tierra fértil, sumado al aviso que fue la crisis alimentaria de 2008, que todavía continúa, nos está llevando a la apropiación de tierras en países tropicales por parte de grandes inversores y gobiernos de países ricos. Para ver la gravedad del problema (y una amplia revisión de quienes han hablado de la apropiación de tierras), se puede visitar esta entrada de Duncan Green.

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