Cada año en mi organización (Oxfam) se habla de que hay que definir el modelo agropecuario que queremos. Cuando surge la pregunta paso algunos días malos. Contesto con evasivas, finjo que estoy leyendo un estudio interesantísimo o que tengo trabajos urgentes. Mi mujer me conoce y se preocupa y en esos días me prepara sopas con hierbas que dice que son buenas para la melancolía.

Me pongo así porque sé que no es fácil decir qué queremos. Sé que volverán las eternas discusiones sobre qué es la agricultura familiar, qué significa ser un pequeño productor (nada que ver con la estatura ni el sexo), si la agricultura familiar o la agroecología alimentarán al mundo o si vamos a necesitar los transgénicos o vamos a prohibirlos. Luego entraremos en la producción para la alimentación local o la exportación. Pedirnos que definamos el modelo agropecuario es como pedirle a la izquierda que diga qué economía es posible en un mundo globalizado. Ahí es nada. Nos salen documentos llenos de pies de página, excepciones, matices y aclaraciones.

Detrás de todo esto está la necesidad que tiene la izquierda de juzgar lo que es bueno. La derecha no juzga lo bueno, sino que evalúa lo útil y mira si es posible técnicamente, sin preocuparse mucho por lo que pase después. Nosotros, que sí nos preocupamos por estas consecuencias sobre personas y medio ambiente, estamos obligados a elucubrar qué puede pasar si elegimos un modelo u otro, más o menos fertilizantes, más mecanización o menos, biocombustibles sí o no. No es nada fácil. Si la sopa contra la melancolía hace su efecto, quizá vaya a resumir algunos puntos sobre qué puede ser bueno pedir, concretamente.

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