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Acabo de descubrir horrorizado que durante años he podido estar pasando información a la CIA, mucho antes de que nuestros teléfonos y correos electrónicos estuvieran conectados con Obama. Ha ocurrido durante años, en muchos países de América y África, y también en España. Este documento desclasificado de la CIA lo prueba.
Se trata de un manual de sabotaje de la segunda guerra mundial, destinado a provocar el caos en Alemania para facilitar la invasión. He aquí alguna de las instrucciones que daban, en la página 28:

¿Cómo sabotear reuniones?

1) Insiste en hacerlo todo a través de “canales”. No permitas que se utilicen atajos que permitan decisiones expeditas.

2) Haz discursos. Habla tanto como puedas y durante mucho tiempo. Ilustra tus argumentos con largas anécdotas y relatos personales.

3) Cuando sea posible, deriva todos los temas hacia comités “para un mejor estudio y consideración”.

4) Menciona temas irrelevantes tanto como te sea posible.

5) Discute el significado de cada palabra en las actas y comunicaciones.

6) Pide continuamente tener precaución, actuar sin prisa y no precipitarse en cosas que después pueden causarnos problemas.

7) Reabre temas cerrados en reuniones anteriores y pide que se revisen.

8) Preocúpate sobre la legitimidad de cada decisión. Pregunta cada vez si es este grupo el que está legitimado para decidir o si está en conflicto con la política de algún otro grupo.

¿Cuántos de ustedes piensan ahora que la mitad de los asistentes de aquella reunión que recuerdan eran de la CIA, o al menos habían sido entrenados por esta? Todavía puede ser peor. Vean ahora lo que dice de sus jefes (¡y los míos!):

Instrucciones para directores y supervisores para sabotear el trabajo:

2) Malinterpreta las órdenes o haz preguntas interminables o mantén una larga correspondencia sobre estas órdenes.

6) Al asignar trabajo, asigna el trabajo poco importante primero. Asigna el trabajo importante a los más ineficientes.

7) Exige un trabajo perfecto en aquellos que no sean importantes.

9) Al formar nuevos trabajadores, da instrucciones incomprensibles.

10) Para bajar la moral, elogia a los trabajadores ineficientes y promociónalos de forma inmerecida. Discrimina a los buenos trabajadores y quéjate de su trabajo.

Y mi preferido, el 11): Mantén reuniones cuando haya trabajos más importantes que hacer.

Ahora, mis escasos lectores, ¿quién sigue pensando que no ha estado trabajando para la CIA?

(via Chris Blattman).

 

 

Uno de los tópicos en los blogs de cooperación es que a quienes trabajamos en ella nos cabe la vida en una maleta, o en cajas, debido a nuestros hábitos nómadas tan fáciles de comprender. Pero sólo son eso, tópicos. Hay otra vida en cajas de la que hablamos menos, y es sobre el tiempo que pasamos en las ONG clasificando dónde cae nuestro trabajo.

Pasamos incontables horas en reuniones para decidir qué cae en gestión de riesgos, en agricultura sostenible, en la frontera gris entre acción humanitaria y desarrollo. Cambiamos un plan estratégico para mover esto aquí y esto allá y cambiar después la estructura de la organización para adaptarla a la nueva distribución, o para meter nuevas palabras como la resiliencia, que sirve para reordenar lo que ya existía, una vez más. Perdemos mucho tiempo. Pero el trabajo de la persona que está sobre el terreno y trabaja directamente con eso que llamamos la población beneficiaria a falta de una expresión mejor, ese trabajo cambia poco. Su trabajo está formado por los mismos ladrillos básicos de siempre (extensión agraria, gestión de riesgos, crédito, organización), y seguramente no es consciente de que el organigrama sobre su cabeza cambia continuamente, según en qué caja caen sus actividades, que en realidad son las mismas de siempre.

Cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.

La frase es de Arthur Clark, el escritor de ciencia ficción.Lo técnico se equipara muchas veces con lo mágico, lo cual no deja de ser paradójico, puesto que de lo que se trata es de abandonar el pensamiento mágico gracias a la ciencia (y a la técnica). Y lo mismo que ocurre con la técnica, ocurre con la economía.

Se acaba de descubrir que la crisis que vivimos se debe a un error en una fórmula de Excel (ver artículo de Krugman). Gran parte del problema estaba en la reverencia con que se trataba a los dos economistas que perpetraron el artículo original (Reinhart y Rogoff), de los cuales no se podía esperar un error tan tonto. Sólo cuando un par de economistas decidieron desconfiar se destapó la chapuza que ha dado la justificación ideológica a la crisis que pasamos en los países mediterráneos.

Lo contrario de la reverencia que produce esta magia es la desconfianza que te hace dudar de  datos y  conclusiones de cualquier ciencia. Nos falta mucha sana desconfianza en los datos que nos llegan cada día, y que usamos para tomar decisiones. Pero nuestra pereza para analizar datos o artículos es excesiva, y más lo es la de los políticos. Lo técnico se deja a los técnicos, y ¿por qué va uno a desconfiar, con lo mucho que saben? La economista Joan Robinson dijo que la mejor razón para saber economía es para que no te engañen los economistas. Pero no sólo ellos. Hay que desconfiar de la biología, la agronomía y la medicina (especialmente de la “natural”). Pero no de la forma “esto será falso o verdadero porque viene de X, Y o Z”, lo cual puede ser cierto, o no serlo. Hay que revisar los artículos, cotejarlos, pedir opinión, y no aceptar trucos de prestidigitador que, si uno se fija bien, se deben tanto a la  incompetencia como a intereses ocultos.

Europa anda escandalizada, especialmente los británicos, aunque no formen parte de Europa, porque hay carne de caballo en la lasaña Findus. Parece que les extraña que un chipriota compre carne de caballo rumana para exportarla a Holanda y procesarla en Luxemburgo. Discernir de dónde viene lo que comemos es cada vez más difícil, cuando debería ser más fácil, pero lo que hemos ganado en tecnología de la información lo hemos perdido con la globalización. Gran parte del sistema alimentario se parece a una caja negra. Puedes comprar mangos y saber quién los ha producido, pero no puedes saber de dónde viene el aceite de palma que lleva una galleta.

Discernir ha sido siempre el gran problema de la humanidad. De hecho, es el primer conflicto que se plantea en la Biblia: en el episodio del árbol de la ciencia del bien y del mal, la serpiente le dice a Eva: tus ojos se abrirán y seréis como dioses, distinguiendo el bien y el mal. Si pudiéramos distinguir el bien del mal, la mayor parte de la ideología desaparecería: ya no habría apenas diferencias entre derecha e izquierda, porque la mayoría de las que hay consisten en hipótesis sobre el comportamiento humano y social: la izquierda que cree que el hombre tiende a la bondad (se puede construir el hombre nuevo), mientras que la derecha piensa que el interés propio es lo que mueve al mundo. George Steiner, en un magnífico librito titulado Diez Posibles Razones Para La Tristeza Del Pensamiento, lamenta qué cosas no podemos alcanzar a pensar. Una de  ellas es discernir qué piensa el otro. Si esto fuera posible, no habría razones ocultas sobre las acciones humanas.

La trazabilidad sería el discernimiento aplicado a la comida. Si ésta fuera posible al cien por cien, se acabarían los debates que afectan a la agricultura: no diríamos que los biocombustibles son malos: sabríamos cuáles lo son y cuáles no. Distinguiríamos la carne que proviene de la deforestación de la Amazonía de las vacas criadas ecológicamente, que las hay, y podríamos elegir. Sabríamos qué transgénicos enriquecen a Monsanto y cuáles han introducido un gen contra la sequía que beneficia a los agricultores del Sahel. Tendríamos menos dilemas morales. Quién sabe si algún día se conseguirá, quizá la tecnología algún día proveerá de un DNI universal para cada producto y los británicos podrán mantener su pureza evitando comer carne de caballo.

Aprovecho ahora que nadie estará escuchando para airear otro de los líos en que se ha metido la cooperación. Todo es culpa de una palabra: la resiliencia.

Esta palabra lleva en danza muchos años, empezó trabajando en el campo de la psicología, describiendo la capacidad humana de reponerse de traumas, luego encontró empleo en la ingeniería, en la resistencia de materiales, y luego pasó por la ecología y finalmente encontró un puesto fijo en la cooperación. En todos los campos, es la capacidad para reponerse de algo y volver al estado habitual.

En el mundo del desarrollo, ha sido muy útil para explicar cómo la gente se repone de los desastres y qué hace para que las cosas vuelvan más o menos a la normalidad. Se supone que si entendemos esto podemos saber mejor qué hacer. Hasta aquí, bien. Pero luego han venido los abusos, se ha sometido a la palabra a esfuerzos excesivos y ha terminado deformándose. En otras palabras, ha perdido la resiliencia.

Hay cientos de documentos, declaraciones de donantes y de ONG, llamadas al cambio, todos a una: hay que alcanzar al resiliencia. En inglés, hay que construir resiliencia. La mayoría no van más allá. Poner los detalles está resultando muy difícil.

¿Cuál ha sido el problema? Confundir el objetivo con el medio para alcanzarlo. La resiliencia, la capacidad de que la gente se recupere de los desastres, es el objetivo deseado por todo el mundo que trabaja en cooperación en ambientes donde hay riesgo de desastre, especialmente después de casos como el Sahel o el cuerno de África, donde las crisis alimentarias se repiten año sí año no. Los donantes son los primeros en hartarse: para no tener que apoquinar cada año (siempre tarde y a regañadientes), piden una solución: hay que alcanzar la resiliencia.

El único debate tiene que ser qué hay que hacer para alcanzarla. La multiplicación de artículos diciendo que hay que alcanzarla es inútil y un ejercicio de pereza intelectual.En un documento se haría bien en mencionarla una sola vez, al principio, y dedicar el resto a discutir qué vamos a hacer para conseguirlo. Lo que no hay que hacer es invocar una palabra como si eso fuera la solución  (para que no se me acuse de incumplir mi propia recomendación con este artículo, informo que estamos trabajando un documento sobre reservas alimentarias que saldrá en su debido momento: hacia la resiliencia, por medio de los detalles).

Hacer más con menos, nuevo mantra de la crisis

Hay muchas ONG, como tantas empresas y como el sector público, que lo están pasando mal por las reducciones de presupuesto y muchas veces de personal. Como no hay de otra que animarse, los gerentes motivan al personal diciendo que hay que hacer más con menos. Quienes lo hacen no se han parado a pensar que decir eso debería ser motivo de despido (el suyo): si no lo han hecho antes, estaban pecando de ineficiencia. ¿por qué utilizaban más recursos para hacer menos antes de que empezara la crisis?

Me encuentro con esta frase final en un artículo sobre Jeffrey Sachs  (para hablar mal de él) en el blog The Coming Prosperity:

If solutions are known, need $$. If solutions are knowable, need evaluations. If solutions are evolving, need entrepreneurs.

El párrafo es resultón, y por eso ha sido ya citado varias veces en el twitter. Pero tal como está planteado parece que se trata de elecciones alternativas. Yo más bien pienso que las tres son requisitos. No puedes trabajar en soluciones conocidas sin evaluar si lo haces bien (en este caso, el autor se refiere a un tipo de evaluación, el “randomized trial”, en el que economistas del desarrollo tienen puestas muchas esperanzas para saber si es mejor una política que otra. Y aunque la solución sea conocida, no puedes llevarla a cabo sin capacidad de gestión, y eso es otra forma de iniciativa empresarial. Cualquier solución deberá ser administrada, y para eso necesitas gente capaz al mando, sea de una fábrica, un ministerio o un ayuntamiento. Entonces, la frase que yo propongo es: si sabes lo que hay que hacer, asegúrate de que estás en el camino correcto, y pon al mando a gente capaz. No queda ni la mitad de bien, es poco probable que la twiteen.

El gobierno español ha recortado 600 millones en el presupuesto de cooperación. Era inevitable, dicen. Esta crisis la han fabricado unos pocos, sobre todo los bancos. El Estado ha rescatado a los bancos de la quiebra, y a cambio, ha aumentado su déficit hasta límites insoportables. Hay que recuperar este déficit, dicen. ¿Pagarán los bancos, que ya vuelven a tener beneficios? No, claro, qué preguntas.

Aunque hay propuestas para que paguen los culpables. Vean la Robin Hood Tax, una campaña internacional para gravar a los bancos.

También la carta de Ariane Arpa, directora de Intermón Oxfam, expresando la misma opinión en El País, y el artículo de Gonzalo Fanjul sobre el presidente de la CEOE, Gerardo Díaz Ferrán, quien ha animado a mayores recortes en el presupuesto, dado que los inmigrantes ya mandan suficiente dinero (según él). Que no digan que no hay dinero, si no hay más que ir a buscarlo allí donde está.

En un encuentro sobre cambio climático, Evo Morales ha hecho unas afirmaciones desafortunadas sobre las causas de la calvicie (soy calvo, pero no me siento agraviado) y la homosexualidad (los homosexuales sí tienen razones para sentirse ofendidos). No vamos a entrar en la anécdota, que ya hay suficientes publicaciones que la están tratando con regocijo (aunque más del que muestran cuando Aznar o Bush han soltado sus barbaridades contra la ciencia del cambio climático).

El problema no es este caso, que es bastante inofensivo, sino otros parecidos como el de Thabo Mbeki, ex-presidente de Sudáfrica, cuya desvinculación del sida con el virus de inmonodeficiencia adquirida ha costado según algunos cálculos cientos de miles de muertos por el retraso en la distribución de antiretrovirales.

El problema es, pues, la postura contra la ciencia. La derecha puede estar contra la ciencia porque tiene intereses. No creo que los científicos que se niegan a admitir el papel humano en  el cambio climático lo crean sinceramente. Creo más que les pagan por ello, porque así les interesa a las petroleras. Igual que las tabaqueras sabían lo del cáncer, porque no eran tontos ni ignorantes.

En cambio, en cierta izquierda, la postura anticientífica es pura afición. Tiene muchos orígenes:

  • Creer que las creencias tradicionales son mejores, sólo porque son tradicionales y eso es bonito (cuando hay buenas creencias tradicionales, pero también malas, como la ablación de clítoris, o el mal de ojo). Los quinientos años influyen: la ciencia es de los blancos, es de ellos, mientras que la tradición es de los indígenas, entonces, es nuestra.
  • Cierta aversión al esfuerzo. Aprender ciencias cuesta más que aprender letras, en general, con lo que nos sentimos cómodos con las afirmaciones a ojo de buen cubero, dado que no dominamos las demostraciones complejas.
  • Las teorías conspirativas: dado que la ciencia se ha vendido a veces al capital, desconfiemos de toda la ciencia, porque detrás sólo hay gente malvada o inconsciente. Esto sirve para denigrar desde las vacunas a los conservantes alimentarios (¿quien no recuerda las listas falsas sobre conservantes alimentarios supuestamente tóxicos?).
  • Los posmodernos, que han hecho desconfiar de cualquier discurso porque puede ser deconstruido y todo depende del contexto. Lástima que no haya más gente dedicada a deconstruir a los posmodernos.
  • La creencia que la academia está desvinculada de lo real, que los científicos viven en la estratosfera.

Cuando dirigentes políticos valiosos, pero que no han tenido una educación suficiente, están mal asesorados (por asesores que sí han estudiado, y para estos no hay excusa), ocurren cosas como esta. Qué bueno sería que la izquierda abandonara sus posturas anticientíficas, y creyera que de verdad la ciencia puede ayudar a construir un mundo mejor. Si la izquierda supiera, y la derecha quisiera…

Peñones, El Salvador, 1994

Una colega me contaba que le decía un amigo que estaba triste de ver tanta mediocridad en el mundo de la cooperación. Su amigo es evaluador. Son muchas cosas hechas a medias, o mal, o sin cariño hacia el trabajo bien hecho. Ocurre entonces que surgen dos tentanciones: dejar la cooperación, y que cada palo aguante su vela, o dejar los proyectos de desarrollo, y que sea a través del cambio de las estructuras políticas -eso que se llama incidencia política- como se consiga que los Estados de los países pobres se encarguen de sus pobres. Pero quien haya conocido cómo funciona un ministerio o un ayuntamiento en aquellos países -o en el nuestro- , entenderá que queda mucho por hacer y que, como cualquier solución deberá ser administrada por alguien, esperar que de repente quienes son responsables de aplicar estas soluciones lo hagan y lo hagan bien es iluso. Vayamos haciendo lo mejor que podamos con nuestros proyectitos, que a veces sirven de ejemplo, mientras trabajamos también en el cambio de estructuras. A las instituciones rogando y con el mazo dando.

Hablando del mundo que escribe en español: Antonio Muñoz Molina escribe en Babelia esta magnífica comparación entre los estilos de escritura hispano y anglosajón. Nosotros nos podemos aplicar el mismo cuento que los escritores: nuestros proyectos escritos en castellano son obras maestras… del barroco. Algunos extractos del artículo de AMM:

Pero uno quiere creer que los anglosajones son menos propensos a esa gran enfermedad hispanica, la vaguedad palabrera, la sobreabundancia, la concepción acústica del estilo (…)”.

Una cita de Hemingway: Un escritor ha de poseer un detector innato de palabrería. Y la mejor frase:

“Escribir bien es pedirle a la inteligencia el nombre exacto de las cosas”.

No se lo pierdan.

Gonzalo Fanjul estrena blog. Por lo que le conozco, puedo asegurar que sus entradas serán tan irreverentes como promete el título, y que aportará  ideas que serán nuevas de verdad. Algo que hace bastante falta al mundo de la cooperación que escribe en español. No dejen de visitarlo.

El mago Merlín, de Gustavo Doré

Este es un trozo de la novela Camelot (en inglés, The Once and Future King), de T.H. White . Lo pongo aquí porque me gusta, y para motivar a los infrecuentes lectores, en el caso de que lo necesiten:

“Lo mejor para la tristeza –contestó Merlín– es aprender algo. Es lo único que no falla nunca. Puedes envejecer y sentir toda tu anatomía temblorosa; puedes permanecer durante horas por la noche escuchando el desorden de tus venas; puedes echar de menos a tu único amor; puedes ver el mundo a tu alrededor devastado por locos perversos; o saber que tu honor es pisoteado por las cloacas de inteligencias inferiores. Entonces solo hay una cosa posible: aprender. Aprender por qué se mueve el mundo y lo que le hace moverse. Es lo único que la inteligencia no puede agotar, ni alienar; que nunca la torturará, que nunca le inspirará miedo ni desconfianza y que nunca lamentará, de lo que nunca se arrepentirá. Aprender es lo que te conviene. Mira la cantidad de cosas que puedes aprender: la ciencia pura, la única pureza que existe. Aprender astronomía en el espacio de una vida, historia natural en tres, literatura en seis. Y entonces, después de haber agotado un millón de vidas en biología y medicina y teología y geografía e historia y economía, entonces puedes empezar a hacer una rueda de carreta con la madera apropiada, o pasar cincuenta años aprendiendo a vencer a tu contrincante en esgrima. Y después de eso, puedes volver con las matemáticas hasta que sea tiempo de aprender a arar la tierra”.

Esto viene a cuento porque, de estar dispuestos a aprender nuevas cosas, vamos a tener que elegir qué. En el mundo de la cooperación hay dos tendencias, que no deberían ir separadas: el método y el contenido. Tengo la sensación, que no se basa en datos probados, de que abunda más la pericia en el método que en el contenido. Viendo el resultado de muchas evaluaciones, se ve que quien evalúa sabe evaluar, pero que no entiende de lo evaluado (sea un proyecto de comercialización, un banco ganadero o el fomento de microempresas). También ocurre lo contrario, pero lo he visto menos veces. Y así ocurre cada vez más que en las organizaciones (del norte, no del sur) falta gente que sepa de cabras, motobombas o semillas, y hay cada vez más gente que sabe de marco lógico, Grandes Líneas de La Cooperación Bilateral, o métodos de evaluación. Ambas facetas son necesarias, pero una, la de los contenidos, está más descuidada que la otra.

Las maestrías de cooperación no ayudan. Echando un vistazo rápido a un puñado de temarios, se ve que están centrados en las generalidades y tienen poca especialización en los detalles. Algunas excepciones hay, pero esas las comentaré en otro artículo.

En el informe de Greenpeace Agriculture at the Crossroads, Food for Survival, llama la atención una página dedicada a las declaraciones contra el hambre, desde 1963 hasta ahora. Se parecen bastante entre ellas, muchas comparten el escándalo por la persistencia del hambre y prometen solemnemente esforzarse mucho en combatirla. Cincuenta años después, pasan hambre más de mil millones de personas. Estas son las declaraciones:

So long as freedom from hunger is only half achieved, so long as two-thirds of the nations have food deficits, no citizen, no nation can afford to be satisfied. We have the ability, as members of the human race, we have the means, we have the capacity to eliminate hunger from the face of the Earth in our lifetime. We only need the will.

President J. F. Kennedy, World Food Congress, Washington D.C., 1963

The profound comment of our era is that for the first time we have the technical capacity to free mankind from the scourge of hunger. Therefore today we must proclaim a bold objective: that within a decade no child will go to bed hungry, that no family will fear for its next day bread and that no human being’s future and wellbeing will be stunted by malnutrition.

Dr. Henry Kissinger, World Food Conference, Rome, 1974

We believe that it is indeed possible to end world hunger by the year 2000. More than ever before, humanity possesses the resources, capital, technology and knowledge to promote development and to feed all people, both now and in the foreseeable future. By the year 2000, all the world’s people and all its children can be fed and nourished. Only a modest expenditure is needed each year – a tiny fraction of total expenditure which amounts to $650 billion US dollars a year. What is required is the political will to put first things first and to give absolute priority to freedom from hunger.

FAO World Food Colloquium, 1992

We pledge our political will and our common and national commitment to achieving food security for all and to an ongoing effort to eradicate hunger in all countries, with an immediate view to reducing the number of undernourished people to half their present level no later than 2015.

Rome Declaration on World Food Security, World Food Summit, 1996 Hunger quot

We resolve further: To halve, by the year 2015, the proportion of the world’s people whose income is less than one dollar a day and the proportion of people who suffer from hunger and, by the same date, to halve the proportion of people who are unable to reach or to afford safe drinking water.

United Nations Millennium Declaration, New York, 2000

We renew our global commitments made in the Rome Declaration at the World Food Summit in 1996 in particular to halve the number of hungry in the world no later than 2015, as reaffirmed in the United Nations Millennium Declaration. We resolve to accelerate the implementation of the WFS Plan of Action.

Declaration of the World Food Summit: five years later, Rome, 2002

We reaffirm the conclusions of the World Food Summit in 1996, which adopted the Rome Declaration on World Food Security and the World Food Summit Plan of Action, and the objective, confirmed by the World Food Summit: five years later, of achieving food security for all through an ongoing effort to eradicate hunger in all countries, with an immediate view to reducing by half the number of undernourished people by no later than 2015, as well as our commitment to achieving the Millennium Development Goals (MDGs).

Declaration of the High-Level Conference on World Food Security, Rome, June 2008

The 2000 Millennium Declaration aimed to halve the proportion of the world population facing poverty and undernourishment by the year 2015; the world is very far from reaching this goal according to the alarming data provided by the relevant international bodies. We reiterate our determination to defeat hunger and to ensure access to safe, sufficient and nutritious food for present and future generations.

Declaration of the G8 agricultural ministers meeting, Cison di Valmarino, April 2009

Sergio Fernández ha escrito este interesante artículo sobre el premio Nobel otorgado a Elinor Ostrom, por su trabajo sobre la gestión de los bienes comunes. Es un área de la economía que tiene mucha importancia en la cooperación para el desarrollo: muchos de los bienes a los que tienen acceso los pobres son comunes, y de su gestión depende gran parte de su sustento. Bienvenido sea este premio para la sra. Ostrom.

Hace unos días se murió Vicente Ferrer y hace unos meses se murió Ron Rivera. Los dos han dedicado su vida a trabajar por los pobres de este mundo (prefiero llamarlos así antes que población beneficiaria, desfavorecidos o agentes de cambio, ellos se llaman a sí mismos así, y no se sienten ofendidos porque otros lo hagan).

Pues bien, hablo primero de Vicente Ferrer, que trabajó toda su vida, y eso es lo que tiene mérito, por los pobres de Anantapur, en la India. Muchos de los que leen este blog viven en América y quizá no han oído hablar de él, aunque en España todo el mundo lo conoce. Durante más de cincuenta años ha trabajado con los descastados de las aldeas de Anantapur, construyendo hospitales, escuelas y fábricas.

No he estado allí, pero he hablado con gente que ha estado y me cuentan el milagro que es. El trabajo a largo plazo, cuando está unido a la concentración de esfuerzos, produce resultados casi con toda seguridad. Lo que ocurre muchas veces es que nos dispersamos, no permanecemos en los mismos sitios, andamos picando aquí y allá (mucha culpa de esto la tienen los financiadores).

Hay quienes piensan que su trabajo tenía menos valor porque usaban apadrinamientos, o porque quizá no atendían suficientemente a las causas estructurales de la pobreza. Sobre los apadrinamientos, empezaron usándolos individualmente, y terminaron rectificando errores cometidos, y dedicando los fondos a la comunidad, y no a cada niña. Sobre las causas estructurales, hay veces que la pobreza tiene prisa y no puede esperar, lo que no significa que no se dediquen a ellas también. A dios rogando y con el mazo dando.

De Ron voy a hablar poco, quizá porque hacía muchos años que no teníamos contacto (llegamos a tenerlo los dos años que viví en Nicaragua) y porque no podría decir nada mejor que lo que ha dicho María López Vigil en este artículo de Envío. Por favor, léanla. Ron fue otro luchador incansable, inventor del filtrón, que ha salvado miles de vidas.

Lo admirable de Vicente y Ron fue su cercanía con los pobres, su perseverancia, los años que dedicaron a trabajar y a entender lo que hacían sin desanimarse (al menos en público). Este artículo es un homenaje a todas aquellas (hay muchas más mujeres que hombres) que trabajan en la cooperación y no se dedican a esto por el salario.

Sólo quienes trabajan en este campo pueden entender lo duro que es, especialmente quienes ya estamos en la retaguardia. No hay que dejarse desanimar por los fracasos en los proyectos, por los errores que pudieron evitarse sólo poniendo un poco más de cuidado y amor por el trabajo bien hecho, por la burocracia propia y ajena, por los requisitos absurdos de los financiadores, por dedicar nuestro tiempo a lo urgente en vez de lo importante, por pensar más en las facturas que en los resultados y por estar tan lejos a los pobres. Son ustedes muy observadores, este párrafo es la catarsis. Me hacía falta.

No se pierdan el comentario (en inglés) de Duncan Green sobre la presentación del informe del Banco Mundial Moving Out of Poverty. Trata, entre otros, de si damos excesivo valor a la participación (interesante opinión de Caroline Harper, del ODI), y habla del romanticismo rural como tendencia común.

(…) en su personal opinión pensaba que aquel que pudiera hacer crecer dos espigas o dos briznas de hierba en una superficie donde antes sólo crecía una, merecía más gratitud del género humano y prestaba un servicio más esencial a su patria que toda la casta de políticos reunida.

Jonathan Swift, Los viajes de Gulliver (Viaje a Brobdingnag).

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Dibujo de Juan Salvador Aguilar

Cuando Swift escribió esto no era tan frecuente el problema de los excedentes agrícolas, consecuencia de haber conseguido en los últimos sesenta años bastantes más de dos espigas donde antes sólo crecía una. Luego tuvieron que venir los políticos e inventaron los subsidios a la exportación de la PAC, que optan por mandar fuera de Europa los excedentes para que vayan a arruinar a los agricultores de los países pobres.
La agricultura se distingue de los demás sectores entre otras cosas por la dificultad de controlar sus inventarios. El problema no es sólo la subida de los precios: es la variabilidad. En cada bajada, pierden los agricultores y las explotaciones más débiles desaparecen o quedan relegadas a la subsistencia. En cada subida, pierden los pobres urbanos y los trabajadores rurales que dependen de salarios. Conseguir la estabilidad de precios a través del manejo de reservas estratégicas (el Estado vende grano para que no suban demasiado los precios y lo compra para que no bajen demasiado) es una solución, pero es cara, lo cual no significa que no sea necesaria. Como dijo E.F Schumacher, podemos elegir morir económicamente o vivir costándonos algo más.
Después de la subida de 2007 y 2008, queda una duda. La tendencia de los precios en los últimos sesenta años ha sido a la baja, como se puede ver en este gráfico del FMI (obtenido de World Commodity Prices: still a problem for developing countries? y modificado para publicar en Políticas agrarias y cooperación).

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La subida de precios de los alimentos de los últimos dos años ha sido grande, y el rebote a la baja no tan profundo como solían ser.
¿Estamos ante un cambio de tendencia y a partir de ahora no podemos dar por segura la abundancia de comida? (aunque haya estado siempre mal repartida). ¿Vuelve  Malthus? (quien dijo que la población crecería por encima de la disponibilidad de alimentos). Permanezcan atentos a sus pantallas.

Rethinking Rural Development es un número de la revista Development Policy Review dedicado a revisar el desarrollo rural. Es de finales de 2002, ya han pasado algunos años, pero a pesar de esto creo que es de lectura obligatoria para quien se dedique a estos menesteres.
Gabriel Ferrero y Pilar Baselga hicieron esta reseña en la revista tpdh nº4:
“La persistencia de la pobreza en las áreas rurales y la creciente desigualdad en la distribución de los ingresos rurales continúan siendo hoy en día aspectos no resueltos en la lucha para combatir la pobreza y la desigualdad en la mayoría de los países del mundo; tres cuartas partes de las 1.200 millones de personas que sobreviven con menos de 1 dólar diario habitan y trabajan en las zonas rurales. Lo cual resulta contradictorio con el hecho de que los fondos destinados al sector agrícola y rural han decrecido más que en otros sectores en los últimos años. Tomando este punto de partida, el prestigioso centro de pensamiento sobre desarrollo británico Overseas Development Institute (ODI) dedicó, en diciembre de 2001, un monográfico de su revista Development Policy Review (Vol. 19-4: pp. 395-573) a la reflexión sobre el concepto y prácticas del desarrollo rural. Editado por Caroline Ashley y Simon Maxwell, recoge trece aportaciones de diversos autores, estructurados en tres ejes, con el objetivo de contribuir a un necesario replanteamiento del desarrollo rural”

Aprovechen para echar un vistazo a la revista donde sale esta reseña, Cuadernos para el Desarrollo Humano. El número está dedicado al desarrollo agropecuario y tiene artículos interesantes.

De una iniciativa de Óscar Bazoberry y Carmen Beatriz Ruiz  ha surgido esta web Sudamérica Rural, del Instituto para el Desarrollo Rural de Sudamérica (IPRDS). Es un intento de pensar sobre los problemas del campo sudamericano, con muchos enlaces y aportaciones de ruralistas de todo el continente. Merece la pena seguirle la pista.

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