Enfoque de derechos


Como la mayoría de lectores de este blog viene de América, les cuento que hay una conocidísima estación de metro en Madrid que se llamaba Sol. Ahora se llama Sol más el nombre de un teléfono coreano que me niego a pronunciar. En muchos países se vive ahora una pasión por vender el alma a las multinacionales equivalente a la ola de privatizaciones de los años ochenta, y España está en esa línea. Pero sobre todo la Gran Bretaña, con ese corifeo de la adoración a las multinacionales que es Cameron. Lean este artículo de George Monbiot para saber qué pasa allí.

¿Qué tiene que ver esto con el mundo de la cooperación? Hace un par de meses estuve en un encuentro en el que se habló del papel del sector privado en los proyectos de desarrollo económico, especialmente esos llamados de comercialización y agroindustria, y que otros más a la moda llaman de cadena de valor.

Hubo un debate considerable entre dos sectores: aquellos que confiaban en que se podía llegar a acuerdos con las empresas privadas  -compradoras de materias primas, sobre todo- para que trataran con justicia a los productores, y aquellos que pensaban no sólo que eso es imposible, sino que además todo lo que tuviera que ver con colaboración con empresas olía a azufre o a cosas peores.

Los primeros pensaban que es posible influir en las empresas para que cambien sus prácticas. Los segundos que las empresas sólo quieren un lavado de cara y que de eso trata la Responsabilidad Social Corporativa. ¿Existe la buena voluntad?

Aquellos que confían en las empresas no es casualidad que vengan de la tradición anglosajona: la búsqueda de lucro  es visto por el protestantismo como algo querido por Dios, por lo que no hay que desconfiar de las intenciones empresariales. Quien tiene éxito es que ha sido bendecido por Dios, por lo que merece admiración y no rencor. Weber lo explicó en su ética protestante y el espíritu del capitalismo. Esta postura es ingenua, salta a la vista.

En cambio, los que las detestan vienen del mundo católico sección de izquierdas (en ambos casos me refiero a cultura, no a religión: esta última está mucho más incorporada en nuestra manera de ser de lo que pensamos). Tomás de Aquino dijo que aprovecharse de la escasez o de la necesidad del comprador es un robo (eso es lo que este sector piensa que hacen las empresas en su mayoría). El maestro de Tomás,  Alberto Magno, fue más allá y dijo que todo rico es injusto o heredero de lo injusto. Marx vino muchos años después, pero esta rama del catolicismo ya había expresado su desagrado por los empresarios. Pero esta postura también es ingenua: pensar que es posible desconectarse del mundo económico real y aspirar a subir el nivel de vida de los pobres sin que estos se relacionen de una forma u otra con el empresariado.

¿Qué postura deberíamos tomar? Como de costumbre, una intermedia. En el artículo que les decía de Monbiot este recomienda la desconfianza como norma: el control democrático se basa en ella. Desconfiar es pedir cuentas. Para los más alérgicos a tratar con empresas, les recomiendo una actitud que es una variación de la frase de un fascista que estuvo al servicio del dictador Franco, Agustín de Foxá. A este le afeaban que criticara a los estadounidenses a la vez que les pedía ayuda económica. Foxá contestó: “También nos gusta el jamón y no nos tratamos con los cerdos”. Mejor sentémonos a la mesa con los cerdos (metafóricamente hablando), pero eso sí, con una profunda desconfianza.

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¿Qué distingue un pimiento -chile dulce o ají en América- de otro? ¿Qué piensan ahora los consumidores acerca de quién los produce?
Si queremos que la agricultura sea una de las fuerzas que acabe con la pobreza rural, esto pasa por que los pequeños productores dispongan de los apoyos necesarios. Hay dos maneras posibles de verlo: o bien los pequeños productores reciben las ayudas porque tienen derecho a ellas, porque ser pobres significa que sus derechos son vulnerados, o bien las reciben porque son útiles para producir comida sana y ecológica (esto último no siempre es así, pero trabajamos para que lo sea) y porque cuidan el medio ambiente. Ambas pueden coexistir, pero de cuál de las dos reciba más peso depende de las soluciones que se tomen.

A la vez, hay dos maneras de buscar las soluciones:

Una es que sean los consumidores los que conscientemente pidan que la comida sea producida en condiciones justas. Esto implicaría poder distinguir un pimiento de otro (posible en países ricos gracias a la trazabilidad, pero no en los pobres) y poder fijarse en la composición de lo que compramos si queremos evitar que contenga soja transgénica, por ejemplo, o que la transnacional que nos lo vende no está implicada en barrabasadas. Pero en esa composición hay muchas materias primas compradas en mercados internacionales (¿de dónde viene el maíz de los Kellogs?) en los que la trazabilidad es casi imposible, y lo único que nos permite saber si compramos un producto justo es el hecho de que la empresa que lo vende esté acusada o no de ser unos bellacos. Algo muy difícil de demostrar.

Otra sería que los gobiernos de todo el mundo se encarguen de hacer que se cumplan las leyes laborales y medioambientales, que gasten dinero en promover la agricultura familiar (porque mucha gente vive de ella) y asumir el diferencial de productividad entre grandes y pequeños, dentro de unos límites razonables. Pero a la vez es bastante dudoso que una manifestación para reivindicar este papel gubernamental juntara a más de tres personas. Ni la explicación de las demandas cabría en la pancarta que encabeza la manifestación.

Esto nos lleva a algunas preguntas:

  • ¿Puede conducir la búsqueda de un consumo responsable a que los gobiernos tomen medidas para apoyar a la pequeña agricultura en países ricos y pobres? ¿Cómo se pasa de lo primero a lo segundo?
  • ¿Existe el riesgo de que esto conduzca a percepciones equivocadas como el consumo local como una opción justa? ¿a que los consumidores exijan equivocadamente  el apoyo sólo para quienes se dedican a la agricultura orgánica, pero no cereales con abonos químicos, o la verduras producidas a menos de 100 km?

El enfoque de derechos se ha hecho muy popular en el mundo de la cooperación en el último decenio. Muchas organizaciones, entre ellas Oxfam, en la que trabajo, lo utilizan para diseñar sus programas. Una de las mayores dificultades en su aplicación -un enfoque es una manera de ver las cosas, una forma de análisis- es la escasez de ejemplos prácticos y de concreción sobre su significado.

Si aplicamos el enfoque de derechos en la agricultura, nos encontramos con un terreno poco firme donde hay pocas certezas, porque la agricultura suele funcionar dentro de mercados con muchos eslabones, y es difícil definir las responsabilidades de cada cual. Si el Estado debe garantizar el derecho a la alimentación, ¿cuáles son las obligaciones de los agricultores, es decir, su parte de responsabilidad en ganarse las lentejas por sí mismos ? ¿cuáles las de los compradores y procesadores de comida? ¿cómo tratar el problema de los precios -qué es un precio justo-?

El Relator Especial de las Naciones Unidas sobre el Derecho a la Alimentación, Olivier De Schutter,  ha hecho un magnífico   informe sobre el agronegocio y el derecho a la alimentación, con dos secciones:  derechos laborales de trabajadores agrícolas y derechos de los pequeños productores. Su página web está aquí. Es especialmente interesante la parte que trata las compras del agronegocio a los pequeños productores y cómo se puede regular las prácticas de competencia.