Proyectos de cooperación


El Eclesiastés (1.9) ya era pesimista al responder a esta pregunta: nada. Sin embargo, podemos ser más optimistas con respecto a la cooperación. Sí hay cosas nuevas: la protección social (“cash transfers”, especialmente mediante móviles), el desarrollo de los seguros indexados para la agricultura, los sistemas de alerta temprana y de información de mercados, las bolsas de negociación de cereales.  Pero muchas de las cosas que se venden como nuevas no lo son. Son material caducado al que se le cambia el envase para alargarle la vida útil.

Se les cambia el nombre porque los académicos tienen necesidad de presentar algo “nuevo” para justificar sus salarios, pero también como una manera perversa de combatir la fatiga de la cooperación: cambiar los nombres de lo que hacemos cada cuatro años para dar la esperanza de que esta vez sí, vamos a resolver la pobreza. La hipertrofia de convocatorias de investigación en la que el requisito principal es la innovación asusta, porque lo que pretende mostrar es que no conocemos la solución para la pobreza o bien que es posible buscar atajos rápidos, en vez de pensar (lo que para mí es más cierto) que sabemos qué hacer, pero lo que se necesita es el capital humano y económico para llevarlo a cabo.

Muchos de los cambios de envoltorio sólo representan leves matices en la forma de medir las cosas, en qué fijarse. Pero lo que hacemos es básicamente lo mismo. ¿Cómo distinguir lo que es nuevo? ¿Cómo saber qué futuro tiene una nueva herramienta? ¿Cómo prevenir el entusiasmo excesivo que conduce a decepciones posteriores?

David Algoso, al que podéis encontrar en algoso.org, ha adaptado para la cooperación una idea originalmente utilizada para valorar tecnología: el ciclo de Gartner (que no es un ciclo). Las innovaciones pasan por una fase de entusiasmo que las sobrevalora, una fase de decepción que las infravalora, y una meseta en la que finalmente encuentran su valor real. Lo mejor es ir a leer el post original (clica en la imagen). ¿Dónde colocarías las novedades de los últimos años?

El ciclo de Gartner aplicado a la cooperación. Adaptado por David Algoso

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Les invito, si tienen una tarde libre, a ver la película sobre Vicente Ferrer. No voy a entrar en la discusión sobre las cualidades artísticas de la película, ni en lo que tiene de ditirambo. Me interesa más cómo presenta (aunque de una forma muy parcial y creo que mal resuelta) el dilema sobre quién tiene que hacer las cosas dado el estado de las instituciones locales. En el artículo anterior mostraba una tabla según la cual la mayoría de países retroceden en la capacidad de gobierno. La pregunta que se nos plantea es qué hacer. Vicente Ferrer tenía su respuesta: hacerlo él. Con un éxito indudable desde el punto de vista de la eficacia.

Hace más de 10 años, en El Naufragio, intentaba explicar que las ONG se comportaban como “second best solutions” (sin usar estas palabras), sustituyendo a los gobiernos que no quieren o no son capaces de hacer su trabajo. “Second best” es una expresión que se utiliza en economía que viene a significar que a falta de pan buenas son tortas.

Hoy matizo mucho más aquellas ideas. No tengo ninguna duda de que es mejor trabajar para conseguir crear capacidades de gestión local. Pero he conocido muchos casos, la mayoría llevados a cabo por curas, en los que el empuje y perseverancia de una sola persona han creado una gran empresa (social) u ofrecido servicios de educación o salud.

Cuando empecé a trabajar en esto de  la cooperación-hace ya más de veinte años- los curas y las monjas que se dedicaban a ella tenían mala fama:  los “profesionales” los veíamos con condescendencia pensando que hacían un pobre trabajo. Luego cambié de opinión, por dos motivos, porque, en general son muy buenos en dos cosas:

Lo concreto: hay dos maneras de enfocar la solución de la pobreza: desde muy arriba o desde muy abajo. Desde muy arriba se piensa en los Grandes Problemas y en quiénes tienen que solucionarlos: la gobernanza, el empoderamiento, los derechos. Es el punto de vista de muchas de las organizaciones grandes y modernas, y es la consecuencia de analizar la pobreza pensando en cómo habría que resolverla para siempre: que alguien haga lo que tenga que hacer (normalmente los gobiernos).

Los que trabajan sólo en el primer enfoque piensan que los segundos salvarán a unos pocos pero no al mundo. Los segundos piensan que los que están en las alturas pierden el tiempo porque no conseguirán mucho, y mejor harían en salvar a algunos para mientras. Lo mejor sería compatibilizar ambas visiones. Esto es lo que hacen teóricamente algunas organizaciones, pero entonces viene el segundo problema, en el que curas y monjas también tienen ventaja.

Lo cercano: la calidad del trabajo para erradicar la pobreza depende de la preparación que tiene la última -o la primera, según se vea- persona que está en contacto con la gente pobre. Es decir, grandes oficinas con gente brillante con muchos másteres distribuida por el mundo sirven sólo en la medida que la extensionista agraria o la promotora de salud que llegue a la comunidad sea buena y sepa lo que tenga que hacer. Lo mismo ocurre si es el gobierno el que tiene que hacerlo: es la calidad del último funcionario que está en contacto con la gente. Ya hablé de esto aquí y aquí.

Entonces, ¿en qué son buenos curas y monjas, incluidos ex-? En que están allí y están durante mucho tiempo. Hacen planes a largo plazo. En la horrible jerga anglosajona se dice que están orientados a la solución de problemas. En lenguaje llano, que se arremangan.  La cadena de gestión en las grandes ONG es demasiado larga. La capacidad profesional no tiene por qué estar repartida de una forma homogénea y hay mucho riesgo de tener eslabones débiles: es decir, incompetencia distribuida en algunos puntos, con unos costes de supervisión del personal enormes. Cuando hay una figura del tipo de Ferrer (que he encontrado en muchos otros sitios, en Ecuador, en Chad, en El Salvador), los problemas se resuelven mediante la intervención directa de esta persona que está en todo.  Si una máquina se estropea, la arreglan o la hacen arreglar. Quizá no es sostenible, ni replicable. Pero mientras tanto, van consiguiendo cosas.

Anteayer asistí vía web a un seminario del ODI sobre la ciencia del delivery. Los anglosajones son tan buenos para crear nuevas palabras o significados como para reconocer justo después que son una estupidez (el manual de estilo del gobierno británico dice que se use delivery solo para pizzas). Con delivery, en cooperación o en política pública, quieren decir conseguir que las cosas se hagan y los servicios se entreguen a la ciudadanía.

El presidente del Banco Mundial, Jim King, sacó el tema en una conferencia en octubre de 2012. Hay que centrarse más en el cómo se hacen las cosas, en vez de tanto en el qué cosas se hacen. Enseguida contestaron Kevin Watkins y Owen Barder, para criticarlo, el primero para decir que le falta componente político a la propuesta y el segundo para decir que todo es muy complejo. Sin embargo, el diagnóstico es legítimo: en el seminario de ayer se dijo que la mayoría de los países retroceden en calidad institucional, en vez de mejorar. Los gobiernos lo hacen cada vez peor:

Countries going backwards

Si uno piensa en la definición de políticas públicas de James Wilson, esto no deja mucho lugar al optimismo: Wilson dice que la gestión pública es el uso de instituciones  que han sido diseñadas para permitir que personas imperfectas utilicen procedimientos equivocados para resolver problemas que no tienen solución.

Hubo algunas frases que me gustaron en el seminario: hoy en día el diseño o la evaluación de programas son “cool”. Pongamos otra vez de moda la ejecución de proyectos o políticas, porque es lo que necesitamos.

Estamos inundados por miles de documentos muy bien elaborados sobre lo que hay que hacer. Pasa en las ONG y en los gobiernos.  Sobran Guardiolas (que suelen ser consultores contratados para la ocasión). Lo que necesitamos son jugadores, volver poner la prioridad en  hacer las cosas y qué capacidad tiene aquella persona que al final es la que entrega el producto o servicio directamente. El que mete el gol, en términos futboleros (y disculpas por la metáfora).

En el siguiente post hablaré de si esta “ciencia” y otros inventos recientes de la cooperación funcionan como el mundo de la moda, volviendo a sacar el fondo de armario de los ochenta con otros nombres. ¿No hay nada nuevo bajo el sol?

Los días se acortan en el hemisferio norte, baja el tiempo dedicado al huerto y estoy algo más disponible para este blog, que resiste mal la competencia con el trabajo manual. Aunque aquí en España todo el mundo habla de la crisis y el ambiente es tan pesimista como en los últimos meses, no está de más recordar que algunas cosas buenas han pasado en algunos  más cercanos a lo que aquí hablamos: no ha ganado Romney, se ha avanzado hacia la tasa Tobin en once países e Europa, donde además se va a eliminar el requisito del 10% de biocombustibles (causante en parte de los precios exageradamente altos de la comida), África Occidental ha aprobado la reserva regional de grano y el Comité de Seguridad Alimentaria se reunió en Roma en octubre con algunos resultados interesantes (el informe aquí).

Los precios de la comida continúan altos. Las consecuencias pueden verse en el gráfico del IFPRI. La sequía en los EEUU y la prohibición de exportaciones en Ucrania se han añadido a los problemas crónicos de inventarios bajos y uso del maíz para etanol. Indonesia dice ahora que retomará los controles de precios para proteger a su población.

Las reservas siguen siendo poco populares entre la clase política. Las razones son políticas: no caen dentro de los proyectos de su interés: rápidos, fáciles, populares y baratos. En cambio caen dentro de los complicados, caros, largos y controvertidos (ver aquí un post anterior sobre qué les gusta a los políticos).

El Comité de Seguridad Alimentaria sigue también poco entusiasta sobre las reservas. Su único compromiso, que todavía no ha cumplido, era elaborar un documento de evaluación del funcionamiento de las reservas nacionales que existen actualmente. En Roma se le volvió a recordar que estaba pendiente.

En cambio, la aprobación del proyecto regional de reservas para África Occidental este pasado septiembre anima el panorama. Estas reservas tenían el apoyo del G20, que destinaron 38 millones de euros para su aplicación. En una reunión en Abidjan el 28 de septiembre los ministros de la región aprobaron establecer la reserva.

El proyecto contempla tres niveles de reservas: el primer nivel es el local, formado por centros de acopio, graneros de seguridad alimentaria, y crédito prendario (o almacenes generales de depósito). El segundo son las reservas nacionales, sobre las que recae el grueso del esfuerzo en caso de crisis alimentaria y el tercero es el regional, que sirve de apoyo adicional a los países para enfrentar crisis que superan sus posibilidades.

Oxfam ha estado aportando a este proyecto con una investigación, First line of defence. Assessing the potential of local food reserves in the Sahel, sobre cómo estas reservas locales  pueden contribuir a mejorar la seguridad alimentaria,  qué riesgos enfrentan y cómo pueden beneficiarse de apoyos estatales para prosperar. Por ahora sólo está en inglés y francés.

Keynes: es más difícil erradicar ideas viejas que introducirlas nuevas

Decía Keynes que es más difícil deshacernos de las ideas viejas que introducir ideas nuevas. Tenía toda la razón. Hay una idea que ha llegado hace poco, pero que se ha enraizado tanto que hará falta maquinaria intelectual pesada para desarraigarla. La idea es que los mercados locales son lo máximo y que nos servirán para erradicar la pobreza.

En alguna ocasión ya he hablado de este tema (aquí). Hace unos días di una clase en una maestría en Madrid, y vi con desolación la casi unanimidad de la que gozaba la idea de la excelencia de los mercados locales, y lo difícil que me resultaba convencerles de que no era correcta. Mi argumento era, según mi punto de vista, claro, muy sencillo: si en las áreas rurales vive más gente en el campo que en los pueblos, hay más gente produciendo lo mismo que bocas comiendo. Y como la capacidad de comer tiene un límite, el mercado se satura enseguida. Esto se conoce como la ley de Engel, y es una de las tres básicas de la agricultura.

En los proyectos de cooperación nos ocurre a veces que tenemos una visión limitada de a quién le están yendo bien las cosas. Si construimos un mercado local y una minoría de gente que trabaja con el proyecto tiene acceso a vender, no pensamos en la proporción de gente que queda fuera. De ahí que nuestra forma de pensar debería ser algo Kantiana: actuemos como si las soluciones que propusiéramos fueran de uso universal. Si lo que proponemos no puede funcionar para todo el mundo, entonces reconozcamos que es una solución parcial y que necesitamos pensar en otra cosa para quienes quedan fuera.

El otro aspecto sobre los mercados que padece el mismo problema es la venta directa. Igualmente, la venta directa producción-consumo tiene una capacidad muy limitada por razones logísticas elementales: no es posible que cada productor venda a cada consumidor porque no se puede organizar así un mercado de millones de habitantes: no hay sitio ni programación posible. ¿Cuál es nuestro problema? Que no sabemos -y yo el primero- cómo se puede convertir en justo el intercambio de productos agrarios, que está sujeto a variación de precios y cantidades, y diferencias de productividad muy grandes entre unos productores y otros. Quizá por esto también decía Keynes que hay dos clases de economistas: los que no tienen ni idea, y los que no saben ni eso. Pero esto no nos tiene que dejar tranquilos pensando que tenemos soluciones que realmente son estéticas, pero incompletas.

Leo en El País en un artículo de Bloomberg que hay problemas graves en un proyecto de comercio justo en Burkina Faso. El artículo está bastante mal escrito (pero puede ser cosa de la edición). Para empezar, la entradilla dice “los programas de comercio justo no logran controlar a los agricultores que explotan a niños”. Primer error: de lo que habla el artículo es de una parte de un programa, no de los miles que existen en el mundo. Del resto de proyectos de comercio justo, nada dice, ninguna estadística, ningún estudio. Dos títulos más abajo habla de “Perversión del comercio justo” como si el sistema entero fuera perverso.

Tengo la sensación de que la cooperación en general está bajo sospecha. El libro de Gustavo Nerín (Blanco bueno busca negro pobre) va en esa línea. Gonzalo Fanjul lo comentó con acierto como hombre blanco escribe libro tonto, sobre todo por no dar tampoco ninguna cifra, basarse en anécdotas y tomar por norma general los fracasos o malos manejos que se dan en cualquier sector.

Claro que hay problemas y cosas mal hechas en la cooperación. Los he expuesto muchas veces en este blog. No dudo que lo que se menciona en Bloomberg es verdad para ese caso concreto. Pero la cooperación es el sector que más recortes -cuando no supresión completa- está sufriendo por la crisis. Cuando algo no funciona en educación, o en sanidad, en la prensa no se pone en cuestión su existencia. A veces incluso se propone -entrevistando a alguien que entienda de la materia- alguna alternativa para mejorar. Esto no sucede en este tipo de artículos o el libro mencionado: ¿se propone no hacer nada ante la pobreza que no cesa de aumentar? ¿Qué hará Victoria’s Secret, dejar de comprar algodón justo, incluso cuando lo sea de verdad?  Si el objetivo fuera mejorar el funcionamiento del sector, la manera de escribir sería otra.

Marx, un muerto que goza de buena salud (ilustración de El Roto)

Ha habido mucho debate en el campo del microcrédito sobre la crisis en la India, especialmente en Andrha Pradesh (donde han acuñado la expresión “microcrédito subprime”). Allí hay una epidemia de suicidios porque la gente no puede pagar las deudas contraídas con microfinancieras (y no tan micro). Hay casos de hasta seis créditos encadenados por prestatario, cada uno que se usa para pagar el anterior. ¿Les suena esto? También ocurrió en los EEUU con las hipotecas basura. Y hay otro paralelismo: en Andra Pradesh hubo una política deliberada de ofrecer crédito a campesinos que no lo habían pedido.

Desde que Mohamed Yunus subió a los altares del desarrollo como santo económico, el mundo quedó subyugado por el microcrédito como la panacea que iba a sacar a los pobres de la miseria. Como muchas otras promesas, esto no ha ocurrido (mi explicación del por qué, aquí). No hay que hacer leña de un sector que pasa un mal trago , pero sí es necesario precisar algunas cosas sobre la entrada del sector privado en él.

El sector del microcrédito se ha llenado de organizaciones con ánimo de lucro: en buen romance, usureros, sin que se haya cuestionado mucho esta entrada del “sector privado” (los ricos) en el negocio. En muchos casos los bancos que vieron cómo había grandes ganancias en los pobres: si los costes de transacción eran altos (muchos pobres muy dispersos pidiendo poco dinero cada uno), esto se recuperaba con intereses estratosféricos.

La ideología lo empapa todo en el sector de la cooperación, por eso hay creyentes y descreídos sobre el papel del sector privado. En algunas organizaciones se defiende como la panacea que lo curará todo siguiendo ideas similares al carnicero de Adam Smith, aquél que siguiendo su propio interés beneficiaba a la sociedad (“It is not from the benevolence of the butcher, the brewer, or the baker, that we can expect our dinner, but from their regard to their own interest”).

Para mi, hay una conclusión de esta lamentable situación en la India, aplicable a otras posibles acciones del sector privado en el desarrollo, que de tan obvia no la tenemos en cuenta: el sector privado tendrá un efecto beneficioso sobre los pobres en aquellos casos en los que decida  pagar más a un agricultor pobre de lo que el mercado establecería o pagar un salario decente por un trabajo industrial o de servicios. Es una decisión de beneficiar al más pobre porque sí (o porque piensen que será mejor para la sociedad). Si esperamos que los beneficios lleguen de la mano del precio que determina el mercado por los bienes y servicios que ofrecen los pobres, tengamos poca esperanza: si son pobres es en gran parte porque el mercado no retribuye sus productos de forma adecuada, a no ser que tengan un poder de negociación que casi siempre falta o un gobierno que limite la avaricia (nunca es fácil hacerlo).

Entonces, tengamos sano escepticismo sobre el sector privado, sea en el microcrédito, la agroindustria o los precios de la comida (intentarán ganar el máximo, no que la gente coma mejor). Las organizaciones microfinancieras sin ánimo de lucro siguen siendo preferibles a los bancos y las cooperativas son mejores que confiar en que la fábrica te pagará más.

Por cierto, a Yunus le han echado del Grameen, que es una empresa social, es decir, con un interés en beneficiar a los pobres más que en ganar dinero. Pero parece que ha sido porque hace unos años intentó meterse en política, y ahora se lo cobra el no muy democrático gobierno de Bangladesh.

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