Durante siglos, después del Renacimento en Europa, se pensó que dominar la naturaleza era cuestión conseguir hacer cosas técnicamente difíciles. Hasta la invención de la ecología como ciencia (hay controversia en las fechas, pero como muy pronto fue en el siglo XIX) no se empezó a entender que esto de las relaciones entre seres vivos es una cosa complicada.

Ahí está la clave, en la diferencia entre lo difícil y lo complicado (hoy en día se llama complejo, queda mejor). Fabricar un transgénico es difícil, aunque cada vez menos. Entender cómo un transgénico se relacionará con su medio es comprender la complejidad, y en esto todavía estamos muy atrasados. Las transnacionales que juegan a aprendices de brujo nos venden soluciones técnicamente difíciles, pero simples, a problemas complejos. Difícilmente funcionará. La agricultura sostenible (en este caso, a través del manejo integrado de plagas), busca soluciones técnicamente más fáciles teniendo en cuenta la complejidad. Es posible que los resultados de esta última no sean espectaculares desde el comienzo, pero es probable que a medio plazo funcione mejor.

Una prueba nos llega ahora desde China: Yanhui Lu y su equipo muestran cómo el uso de algodón Bt ha producido un aumento de otra plaga, un insecto heteróptero (el Apolygus lucorum). La causa es que se usan menos insecticidas (el objetivo del algodón bt es ese, para eso lo lleva incorporado), pero el escarabajito es resistente a la toxina del Bt. Para controlarlo habría que usar otros insecticidas, pero entonces para qué queremos que el algodón sea Bt… Lo único seguro es que no hay soluciones mágicas, ni transgénicas ni de ningún tipo. La ecología nos enseña que la naturaleza está formada de muchas piezas y que se reordenan constantemente. Cuanto más amplia sea la visión que tengamos, mejor.

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En el artículo anterior les hablaba de un estudio de David J. Connor y Carlos Cantero-Martínez. Aquí lo tienen. Se titula Estudio de un proyecto de desarrollo agroecológico en relación con la consolidación organizativa para pequeños agricultores en Alto Paraná-Paraguay e ilustra cómo influyen las técnicas agrícolas que promocionamos en los rendimientos que se pueden alcanzar, y qué tan útiles resultan para enfrentar el avance del agronegocio. Espero que les resulte interesante.

Los luditas eran un movimiento social de principios del siglo XIX que luchaba contra los cambios que la revolución industrial había producido en el sector textil. Se oponían a los nuevos telares mecánicos porque creían que les dejaban sin trabajo.
En la cooperación para la agricultura tenemos algo de luditas. Mostramos cierta tendencia a recomendar paquetes tecnológicos cuanto más simples mejor, evitando cualquier tipo de mecanización, fertilizante químico o semilla híbrida (que no transgénica). Esto se debe a la no muy aristotélica costumbre de situarse en los extremos: si la Monsanto promueve un modelo, nosotros recomendaremos exactamente el contrario. No nos arriesgaremos a matizar nuestra postura, porque ya se sabe que quien matiza, recibe palos de los dos extremos.
Recomendar qué y cómo cultivar es una gran responsabilidad. En palabras de John Keneth Galbraith:

El agricultor ve como una cosa peligrosa el consejo de aquel que no tiene que ganarse la vida por medio del resultado de aquel consejo.

Y la mayor parte de veces hace bien en desconfiar. En determinadas condiciones de agua y fertilidad del suelo, podemos recomendar agricultura orgánica, pero nunca sin antes valorar la disponibilidad de nutrientes, la extension, el tipo de cultivo, cómo se hará la transición, y si con todo esto, el resultado sera el suficiente para vivir. Garantizar la viabilidad económica de la producción debe estar por delante de cualquier otra consideración.