Dado que la mayor parte de la gente tiene trabajos con sueldos fijos o produce o vende mercancías cuyo precio varía poco, la montaña rusa en la que viven agricultores y ganaderos es difícil de entender para la mayoría urbana. Hace poco estuve en Burkina Faso, y varias organizaciones campesinas estaban preocupadas -siempre lo están- por los precios bajos que les producen pérdidas periódicamente. Su aspiración es un precio mínimo, pero pasar del deseo a la práctica es caro y difícil, lo que no quiere decir que no haya que intentarlo.

Los precios mínimos tienen muchas veces como efecto secundario la sobreproducción (recordemos la montaña de mantequilla de la UE en los setenta y ochenta, hasta que las cuotas la redujeron), y entonces hay que retirar producto del mercado o dejar de producirlo, si no es imposible mantener los precios. En los países pobres los precios bajos eran -antes de la última crisis- un problema mayor que los altos, y los gobiernos no intervenían porque prefieren mantener satisfecha a la población urbana. En los países ricos sí se interviene. Algunas de estas medidas son de difícil comprensión para el público, como cuando se entierran toneladas de fruta (“¿no podría darse a los pobres?”) o los ganaderos cobran por no producir carne. Sin embargo, tienen su lógica: mantener el precio es la prioridad absoluta. Pero para que vean qué fácil es hacer chiste del asunto, vean aquí la carta (en inglés) que recibió David Milliband -el laborista derrotado por su hermano Ed- cuando era ministro de agricultura. Es muy divertida, aunque algo demagógica.