Cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.

La frase es de Arthur Clark, el escritor de ciencia ficción.Lo técnico se equipara muchas veces con lo mágico, lo cual no deja de ser paradójico, puesto que de lo que se trata es de abandonar el pensamiento mágico gracias a la ciencia (y a la técnica). Y lo mismo que ocurre con la técnica, ocurre con la economía.

Se acaba de descubrir que la crisis que vivimos se debe a un error en una fórmula de Excel (ver artículo de Krugman). Gran parte del problema estaba en la reverencia con que se trataba a los dos economistas que perpetraron el artículo original (Reinhart y Rogoff), de los cuales no se podía esperar un error tan tonto. Sólo cuando un par de economistas decidieron desconfiar se destapó la chapuza que ha dado la justificación ideológica a la crisis que pasamos en los países mediterráneos.

Lo contrario de la reverencia que produce esta magia es la desconfianza que te hace dudar de  datos y  conclusiones de cualquier ciencia. Nos falta mucha sana desconfianza en los datos que nos llegan cada día, y que usamos para tomar decisiones. Pero nuestra pereza para analizar datos o artículos es excesiva, y más lo es la de los políticos. Lo técnico se deja a los técnicos, y ¿por qué va uno a desconfiar, con lo mucho que saben? La economista Joan Robinson dijo que la mejor razón para saber economía es para que no te engañen los economistas. Pero no sólo ellos. Hay que desconfiar de la biología, la agronomía y la medicina (especialmente de la “natural”). Pero no de la forma “esto será falso o verdadero porque viene de X, Y o Z”, lo cual puede ser cierto, o no serlo. Hay que revisar los artículos, cotejarlos, pedir opinión, y no aceptar trucos de prestidigitador que, si uno se fija bien, se deben tanto a la  incompetencia como a intereses ocultos.

Démosles a los pobres nuestras sobras. Dibujo J.S. Aguilar

Démosles a los pobres nuestras sobras. Dibujo J.S. Aguilar

Tanta tontería con el desperdicio de comida (food waste) sólo podía terminar así. En este artículo ya me quejaba de que quienes hablan tanto de que el desperdicio de comida sea un problema transmiten varias ideas equivocadas. La principal de ellas es que el problema es de distribución (ojo, de comida, no de ingresos). Es decir, que si sobra comida en el norte entonces en el sur pasan hambre. Quien piensa esto es que no entiende el funcionamiento de la agricultura (cuya principal característica es la variabilidad de la producción estacional) y entiende todavía menos la pobreza, cuya solución no pasa por enviar comida (fuera de las emergencias, y aún así con cuidado). En la idea del desperdicio como problema hay aciertos: que evitarlo ahorra insumos agrícolas. Esto es cierto. Pero no es lo que la mayoría de la gente capta cuando se expone el problema.

Como consecuencia, lo que tenía que pasar ha acabado pasando. Owen Barder, del excelente Centre for Global Development, denuncia que el Reino Unido va a empezar un programa piloto para llevar las sobras británicas a África. Que lástima, uno que creía que la profesionalidad del DFID era a  prueba de políticos, y que entendían algo básico en cooperación: que el hambre no se debe (generalmente, aunque a veces sí) a la falta de comida sino a no poder comprarla.

Actualización: sólo un mes después (y gracias a Josep Ferrer, que me avisa), me doy cuenta de que el 1 de abril es el día de los inocentes, y ese es el día en que Owen Barder escribió esto. Pero como sigo pensando lo mismo sobre el desperdicio, ahí lo dejo, para solaz y esparcimiento de los raros lectores de este blog. (Gracias, Josep).

LEGER-Constructeurs

Leger, Les constructeurs

Aunque este blog es para hablar de cooperación, a veces hay que mirar hacia el norte para intentar entender qué pasará en los países pobres y de ingresos medios dentro de veinte años. O simplemente nos miramos el ombligo quienes escribimos desde el norte por lo preocupante que es todo lo que está pasando. Es sabido que el capitalismo aprovecha las crisis para apretar las tuercas a lo que queda de la clase trabajadora, y hoy en día así sigue ocurriendo. El problema es que no nos damos cuenta de que este cambio es estructural y el mundo que viene va a ser muy distinto del precedente, sobre todo por una razón: quién se queda con el aumento de la productividad y dónde van los puestos de trabajo perdidos.
He leído  el librito The Race Against the Machine, How the Digital Revolution is Accelerating Innovation, Driving Productivity, and Irreversibly Transforming Employment and the Economy, de Erik Brynjolfsson y Andrew McAfee. Este trabajo lo ha pagado el MIT, por lo que el diagnóstico es muy preocupante, pero el pronóstico es optimista (el MIT no puede ser tecnoescéptico).

Para Brynjolfsson y McAffee, estamos ante un cambio estructural en el que los puestos de trabajo que se destruyen por el aumento de la productividad (el avance tecnológico) ya no se reponen suficientemente rápido en otras áreas de la economía. Jeremy Rifkin ya llamó esto en 1995 “el fin del trabajo” (quizá algo exagerado como es él, pero los dos del MIT tienen más argumentos veinte años después para confirmarlo. B. y M. argumentan que la duplicación de la capacidad de los ordenadores -y más aún el software- conseguirá que las máquinas hagan cosas hasta ahora impensables, destruyendo cada vez más puestos de trabajo. Cada vez más, las ganancias en productividad se las ha quedado el capital y no el trabajo (es decir, los ricos dueños de las fábricas, no la clase obrera).

Las conclusiones son: los puestos de trabajo que la automatización ha destruido ya no se están recuperando y el paro estructural es más difícil de combatir. Las soluciones que proponen no son soluciones, porque dependen de la buena voluntad de los dueños del capital. Las recetas son las habituales: más formación, más emprendedores, más innovación… pero eso no va a sustituir los puestos de cajera perdidos en los supermercados.

En este artículo de Robert Skidelsky la propuesta es reducir el tiempo de trabajo para repartir el poco que queda. Pero esto es lo mismo que decirles a los dueños del capital que tendrán que renunciar a parte de sus ganancias para mantener puestos de trabajo. No lo harán si no se sienten amenazados. Quizá la clave está en una frase cada vez más popular a medida que la crisis avanza: la crisis acabará cuando el miedo cambie de bando. ¿Llegará a ocurrir?

Europa anda escandalizada, especialmente los británicos, aunque no formen parte de Europa, porque hay carne de caballo en la lasaña Findus. Parece que les extraña que un chipriota compre carne de caballo rumana para exportarla a Holanda y procesarla en Luxemburgo. Discernir de dónde viene lo que comemos es cada vez más difícil, cuando debería ser más fácil, pero lo que hemos ganado en tecnología de la información lo hemos perdido con la globalización. Gran parte del sistema alimentario se parece a una caja negra. Puedes comprar mangos y saber quién los ha producido, pero no puedes saber de dónde viene el aceite de palma que lleva una galleta.

Discernir ha sido siempre el gran problema de la humanidad. De hecho, es el primer conflicto que se plantea en la Biblia: en el episodio del árbol de la ciencia del bien y del mal, la serpiente le dice a Eva: tus ojos se abrirán y seréis como dioses, distinguiendo el bien y el mal. Si pudiéramos distinguir el bien del mal, la mayor parte de la ideología desaparecería: ya no habría apenas diferencias entre derecha e izquierda, porque la mayoría de las que hay consisten en hipótesis sobre el comportamiento humano y social: la izquierda que cree que el hombre tiende a la bondad (se puede construir el hombre nuevo), mientras que la derecha piensa que el interés propio es lo que mueve al mundo. George Steiner, en un magnífico librito titulado Diez Posibles Razones Para La Tristeza Del Pensamiento, lamenta qué cosas no podemos alcanzar a pensar. Una de  ellas es discernir qué piensa el otro. Si esto fuera posible, no habría razones ocultas sobre las acciones humanas.

La trazabilidad sería el discernimiento aplicado a la comida. Si ésta fuera posible al cien por cien, se acabarían los debates que afectan a la agricultura: no diríamos que los biocombustibles son malos: sabríamos cuáles lo son y cuáles no. Distinguiríamos la carne que proviene de la deforestación de la Amazonía de las vacas criadas ecológicamente, que las hay, y podríamos elegir. Sabríamos qué transgénicos enriquecen a Monsanto y cuáles han introducido un gen contra la sequía que beneficia a los agricultores del Sahel. Tendríamos menos dilemas morales. Quién sabe si algún día se conseguirá, quizá la tecnología algún día proveerá de un DNI universal para cada producto y los británicos podrán mantener su pureza evitando comer carne de caballo.

Feliz año. Me he propuesto  para 2013 prodigarme un poco más en este blog.

Una de mis citas favoritas es de Gandhi, pero no he sido capaz de localizarla desde que la leí hace años. Al parecer, cito de memoria, Gandhi dijo que nos esforzamos inútilmente en encontrar un sistema político que no necesite que la gente sea buena. Fin de la cita. El socialismo no construyó al hombre nuevo, sino algo bastante peor, si uno se fija en Rusia. El capitalismo tampoco se ha esmerado mucho, en los EEUU ha logrado producir un número alarmante de pistoleros y en todo el mundo han prosperado los banqueros ladrones.

El drama actual de la humanidad, mientras busca respuestas a problemas económicos, ecológicos y sociales, es que se ve obligada a descartar muchas posibles soluciones económicas por falta de fe en el buen comportamiento de las personas que sería necesario para que esta política funcionara. Es decir, la política pública X funcionaría, si no fuera porque no pagamos nuestros impuestos, o tratamos de engañar a la seguridad social, o nos escaqueamos del trabajo o contaminamos la tierra y el agua si nadie mira, etc. Por todo eso, tiene poco sentido pensar en soluciones socioeconómicas sin saber cómo crear buena gente. Parece que algunas sociedades, como las protestantes, han funcionado mejor en estos aspectos, pero no vamos a entrar en detalle (algo dije sobre esto aquí).

Es difícil encontrar discursos inteligentes sobre cómo contribuir a que haya más buena gente porque  cuesta distinguir el grano de la paja, por estar mezclados con los artículos new age y libros de autoayuda. Este video, de Roman Krznaric ilustrado por RSA (ilustradores ilustrados), propone la extraspección (traducción de “outrospection”) como método para mejorar el mundo. La extraspección es lo contrario de la introspección: es mirar hacia el otro intentando ver las cosas desde su punto de vista. Es decir, empatía. 

La empatía puede servir, por un lado, como parte del arte de vivir. Por el otro, como herramienta para el cambio social (tan peligrosa que puede engendrar revoluciones).

Una aportación interesante es que moderniza el concepto de bondad, que se queda corto en aspectos como el espacio (ser buenos con los que están lejos) y el tiempo (ser considerados con los no nacidos para no dejarles un mundo en ruinas). La sucesora moderna de la bondad, la solidaridad, de tan usada ha perdido el significado (igual que le pasa a la sostenibilidad).

Es la falta de empatía la que no permite ver que dejamos en herencia el cambio climático a nuestros nietos. Hay gente excelente que no se da cuenta de su contribución al cambio climático porque sus efectos son demasiado abstractos. No se ve a quienes afecta ni cómo les afecta. Krznaric propone que la buena gente aprenda a tener en cuenta a los que están lejos y a los que todavía no han nacido.

El siguiente artículo llegará uno de estos días. Intenta responder a otra pregunta que debería preocuparnos: ¿Por que gente  buena vota a la derecha? Y mucha de esta gente es pobre: vota en contra de sus propios intereses.Disfruten el video de RSA.

 

Arthur Cecil Pigou

Con esa especial habilidad que tienen los economistas para nombrar lo obvio y hacerse famosos, Pigou y Dalton enunciaron el principio según el cual cualquier transferencia de dinero de un rico a un pobre disminuye la desigualdad. De tan evidente, resulta sorprendente que en nuestras decisiones diarias tengamos a estos señores tan poco presentes.

La crisis económica que sufren los países del norte del Mediterráneo es el primer paso de una serie de consecuencias naturales que nos llevan a lo que Hans-Peter Martin definió como la sociedad 20/80, en la que un 20% de la población retendría los buenos salarios, mientras que el 80% restante malviviría con trabajos de mierda entretenidos con fútbol y televisión basura. Algo bastante parecido al camino que llevamos en algunos países ex-ricos, como España, Grecia y Portugal.

La globalización que nos lleva a esto en algunos países es la misma que está reduciendo la pobreza en países como China o Vietnam. Es, simplemente, una transmisión de puestos de trabajo y consumo. Es una nivelación por debajo de los salarios, pero la desigualdad aumenta tanto aquí como allá. Los ricos son más ricos en todo el mundo, mientras que los salarios industriales de los pobres van convergiendo. ¿Se puede hacer algo?

Ahí entran los tanques: el lema de Pepe Esquinas, tu carro de la compra es tu carro de combate. El consumo es una de las mejores armas con las que contamos, aunque no la única. Usémosla bien.

Reparte tu gasto. No compres todos los productos made in China, pero no dejes de comprar todo lo hecho en China. La nivelación es inevitable: los países pobres tienen derecho a prosperar, pero el hundimiento de las clases medias de aquí no será bueno para la democracia: el fascismo espera agazapado y ya triunfa en Grecia y Hungría.

Esto implica que algunas de las cosas que comprarás serán más caras. No importa: E.F. Schumacher dijo una vez que eligiéramos si queríamos morir económicamente o preferíamos vivir costándonos algo más.

Compra productos de comercio justo. Gasta menos en teléfonía móvil y en gasolina, y más en servicios que los autónomos proveen. ¿No tenías pendiente hacer reformas en casa? Si tu puesto de trabajo no peligra -poca gente puede decirlo- es el momento de hacerlas. Pon parte de tu dinero, si tu hipoteca no te permite ponerlo todo, en una cooperativa de crédito.  Todo esto no es mucho, pero es algo. Seguramente se te ocurre algo más para evitar que tu dinero vaya a los que ya son muy ricos.Pigou y Dalton hubieran estado orgullosos de ti.

Los días se acortan en el hemisferio norte, baja el tiempo dedicado al huerto y estoy algo más disponible para este blog, que resiste mal la competencia con el trabajo manual. Aunque aquí en España todo el mundo habla de la crisis y el ambiente es tan pesimista como en los últimos meses, no está de más recordar que algunas cosas buenas han pasado en algunos  más cercanos a lo que aquí hablamos: no ha ganado Romney, se ha avanzado hacia la tasa Tobin en once países e Europa, donde además se va a eliminar el requisito del 10% de biocombustibles (causante en parte de los precios exageradamente altos de la comida), África Occidental ha aprobado la reserva regional de grano y el Comité de Seguridad Alimentaria se reunió en Roma en octubre con algunos resultados interesantes (el informe aquí).

Los precios de la comida continúan altos. Las consecuencias pueden verse en el gráfico del IFPRI. La sequía en los EEUU y la prohibición de exportaciones en Ucrania se han añadido a los problemas crónicos de inventarios bajos y uso del maíz para etanol. Indonesia dice ahora que retomará los controles de precios para proteger a su población.

Las reservas siguen siendo poco populares entre la clase política. Las razones son políticas: no caen dentro de los proyectos de su interés: rápidos, fáciles, populares y baratos. En cambio caen dentro de los complicados, caros, largos y controvertidos (ver aquí un post anterior sobre qué les gusta a los políticos).

El Comité de Seguridad Alimentaria sigue también poco entusiasta sobre las reservas. Su único compromiso, que todavía no ha cumplido, era elaborar un documento de evaluación del funcionamiento de las reservas nacionales que existen actualmente. En Roma se le volvió a recordar que estaba pendiente.

En cambio, la aprobación del proyecto regional de reservas para África Occidental este pasado septiembre anima el panorama. Estas reservas tenían el apoyo del G20, que destinaron 38 millones de euros para su aplicación. En una reunión en Abidjan el 28 de septiembre los ministros de la región aprobaron establecer la reserva.

El proyecto contempla tres niveles de reservas: el primer nivel es el local, formado por centros de acopio, graneros de seguridad alimentaria, y crédito prendario (o almacenes generales de depósito). El segundo son las reservas nacionales, sobre las que recae el grueso del esfuerzo en caso de crisis alimentaria y el tercero es el regional, que sirve de apoyo adicional a los países para enfrentar crisis que superan sus posibilidades.

Oxfam ha estado aportando a este proyecto con una investigación, First line of defence. Assessing the potential of local food reserves in the Sahel, sobre cómo estas reservas locales  pueden contribuir a mejorar la seguridad alimentaria,  qué riesgos enfrentan y cómo pueden beneficiarse de apoyos estatales para prosperar. Por ahora sólo está en inglés y francés.

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