Precios de los alimentos


 

Casandra, profetisa

Casandra era hija del rey de Troya, Príamo. Por guapa, los dioses le dieron el don de la profecía. Pero por haberle hecho un feo a Apolo, fue castigada con la indiferencia de sus oyentes (más o menos como este blog). Si hubiera vivido hoy, es seguro que no la hubieran creído (como a quienes avisaron que podía pasar lo que ahora está pasando en Japón). También es posible que se hubiera quedado corta, y que no habría osado profetizar que al cambio climático, la crisis alimentaria, y el desastre financiero, se iba a añadir una catástrofe nuclear.

Como nuestro tema suele ser alimentario, hagamos un poco de Casandra: Japón produce mucho del arroz que consume, gracias a tremendas barreras proteccionistas. Ya hay una nube radioactiva sobre la isla, que seguro que afectará a los cultivos. Japón no sólo no podrá utilizar su producción si resulta afectada (y aunque no lo esté, ¿quién va a confiar?), sino que tendrá que comprarla afuera. El arroz era el grano que menos había subido: es probable que esto se acabe. Además, un 20% de la capacidad nuclear de Japón está fuera de servicio: esto significa que habrá que cubrirla con importaciones de petróleo y gas natural, con lo que habrá más subidas y el consiguiente recargo sobre los precios agrícolas.

Y esperemos que la nube radiactiva se quede sobre Japón, porque si se mueve sobre China o el sudeste asiático, hasta Casandra se lo pensaría dos veces antes de profetizar lo que podría pasar…

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En la red hay un debate intenso, sobre todo el los EEUU, sobre las causas de la subida de precios de los alimentos. Las causas habituales: malas cosechas en Rusia, Ucrania y Australia, que algunos como Paul Krugman achacan ya al cambio climático, los bajos inventarios (aunque no son tan bajos como en 2008), la conversión del maíz gringo en alcohol, la demanda de los países emergentes, la especulación (aquí el debate es especialmente intenso, y yo me decanto por el sector meigas, que dice que la especulación no es la causante, pero que haberla, hayla. Y últimamente, para esta reciente subida, se añade el sector que culpa a la Fed de Ben Bernanke, por haber impreso dos billones de dólares, y amenazar con imprimir seiscientos mil millones más. Es decir, inflación pura y dura. Cada cual arrima el ascua a su sardina e intenta explicar la subida según sus afinidades ideológicas. Para aclarar las cosas, llega este video académico que creo que arroja luz a un tema tan complicado (lo sugirió un miembro del IPC en la conferencia de Barcelona de mayo pasado, pero no puedo citarle porque no recuerdo quién fue):

José, después de pasar de consultor a ministro

En estos tiempos de descreimiento en los que vivimos ya no nos acordamos de la biblia, pese a que nos puede ilustrar con valiosas enseñanzas históricas. Hoy vamos a recordar cómo José, hijo de Jacob, consultor del faraón de Egipto para asuntos alimentarios y oníricos, cifró en un veinte por ciento las reservas necesarias de alimentos para no pasar hambre.  Hoy en día los sistemas de alerta temprana han sustituido a los sueños del faraón como método de previsión, pero todavía no se ha encontrado algo mejor que las reservas para evitar las crisis de precios. Si son públicas, o una combinación de público y privado, está por ver, pero no hay ninguna duda de que hay que aumentarlas y hay que asumir el coste económico que esto tiene. Esta es la historia:

25 Entonces José dijo a Faraón: “Los dos sueños de Faraón son uno. Dios ha anunciado a Faraón lo que El va a hacer. 26 “Las siete vacas hermosas son siete años, y las siete espigas hermosas son siete años. Los dos sueños son uno. 27 “Y las siete vacas flacas y feas que subieron detrás de ellas son siete años, y las siete espigas quemadas por el viento del este serán siete años de hambre. 28 “Esto es lo que he dicho a Faraón: Dios ha mostrado a Faraón lo que va a hacer. 29 “Van a venir siete años de gran abundancia en toda la tierra de Egipto; 30 y después de ellos vendrán siete años de hambre. Será olvidada toda la abundancia en la tierra de Egipto, y el hambre asolará la tierra. 31 “No se conocerá la abundancia en la tierra a causa del hambre que vendrá, que será muy severa. 32 “En cuanto a la repetición del sueño a Faraón dos veces, quiere decir que el asunto está determinado por Dios, y que Dios lo hará pronto. 33 “Ahora pues, busque Faraón un hombre prudente y sabio, y póngalo sobre la tierra de Egipto. 34Decida Faraón nombrar inspectores sobre el país y exija un quinto de la producción de la tierra de Egipto en los siete años de abundancia. 35 “Que los inspectores recojan todos los víveres de esos años buenos que vienen, y almacenen en las ciudades el grano para alimento bajo la autoridad de Faraón, y que lo protejan. 36 “Y que los víveres sean una reserva para el país durante los siete años de hambre que ocurrirán en la tierra de Egipto, a fin de que la gente del país no perezca por el hambre.”

En 1974, después de la fuerte crisis de precios alimentarios del año anterior, la Conferencia Mundial sobre Alimentación hizo las siguientes recomendaciones: mejorar la producción de alimentos, establecer un fondo de emergencia para ayuda alimentaria, un sistema de información sobre granos básicos, mejores políticas de almacenamiento de granos, y reducir las barreras comerciales. Aunque vista la situación de precios disparados parece que no se ha hecho nada desde entonces, no es así. Se han hecho muchas cosas: hay sistemas de información, el Programa Mundial de Alimentos atiende a millones de personas, las barreras comerciales son mucho menores ahora que hace cuarenta años… pero no es suficiente. Habrá que hacer más, si no queremos pasar de los mil millones de hambrientos a los mil doscientos.

Qué hace falta:

– Aumentar las reservas. ¿Por qué, en los últimos cuarenta años, es la medida menos tomada? Porque mantener reservas es caro. Hay que circularlas (es decir, vender el grano viejo y comprar nuevo), lo que produce distorsiones en el mercado. A corto plazo reduce las existencias en el mercado, con lo que hay que hacerlo cuando no hay emergencia, no ahora. Pero sin reservas vamos mal, cuando la producción está por debajo de la demanda en siete de los diez últimos años, según Alex Evans en el recomendable Feeding the nine billion.

– Mejorar el sistema de información. Ya hay varios en funcionamiento, pero fallan entre otras cosas porque nadie sabe cuáles son las reservas de China (excepto los chinos), por lo que hay incertidumbre sobre cuánto puede aumentar la demanda china. Basta ella sola para desestabilizar el mercado mundial si la cosecha les va mal.

– Promover la capacidad de las comunidades para mantener sus propias reservas. Esto implica proveerles de capital de trabajo, crédito, tecnología y seguros climáticos, además de evitar que los precios se desplomen cuando sea el momento de que las organizaciones campesinas saquen el grano al mercado.

– Y algo que no se ha probado: en caso de crisis, parar el consumo de grano para biocombustibles, y reducir la fabricación de piensos. Lo primero es difícil, porque los picos de precios de alimentos suelen coincidir con picos de precios de petróleo. ¿Quién se atreve a tomar tal decisión política, parar la fabricación de alcohol cuando más rentable es?

– Luego hay que crear confianza en el sistema alimentario mundial: el grano no se va a acabar, la situación no es tan grave a estas alturas. Es el pánico lo que la agrava. Hay que evitar que los países exportadores dejen de exportar. Hay que poner dinero a disposición de los países importadores (el Banco Mundial dice que ya lo ha hecho).

Y sobre todo hay que producir más. Los precios altos son una oportunidad para los productores pobres si cuentan con el apoyo necesario.

Todavía podría seguir con otras medidas que ha propuesto gente que sabe del tema. Lo extraordinario es que hay bastante consenso en lo que hay que hacer. Lo que propone el banco mundial es bastante razonable; varios países del G20 (Francia, Gran Bretaña) están por la labor y Francia lo quiere tratar en su próxima presidencia del G20. ¿Y si se apuran un poquito, para sacarnos de este sinvivir? Mil  millones de personas podrían agradecerlo mucho.

Hay síntomas alarmantes de que otra crisis de precios está al caer. El pasado noviembre, la página de la FAO advertía de la posibilidad de que ocurriera de nuevo, a menos que la producción aumentara significativamente en 2011. La sequía del pasado año en Rusia, previsiones de malas cosechas en Argentina y Brasil, las inundaciones en Paquistán y Australia, todo hace que las reservas de grano vayan a bajar un 7%. Las reservas no están mal, andan por encima de los 500 millones de toneladas, por lo que no tendría por qué ser tan grave como en 2007. Pero no todo son los llamados “factores fundamentales”.

La agencia Reuters anuncia también la crisis a finales de diciembre en el NYT,  pero no lo achaca sólo al mal tiempo: el petróleo está a cerca de 90 dólares, hay mucho dinero circulando porque la crisis ha puesto las imprentas en marcha en muchos países, y los tipos de interés bajos permiten acaparar producción a los especuladores a la espera de que los precios suban. Las crisis de precios de la comida tienen mucho de profecía autocumplida: basta que algunos digan que el río anda revuelto para que los pescadores financieros echen los anzuelos para agravarla y sacar tajada. Aunque tampoco se puede evitar una crisis sin avisar de que viene.  Los  gobiernos, especialmente del G20, deberían disponerse a tomar medidas inteligentes -entre ellas, no prohibir las exportaciones, que aumentan el pánico-  antes de que empiecen los disturbios.

Cada vez que el tema de los precios está en el candelero (o en el candelabro, como decía la Mazagatos), se da el debate sobre si queremos los precios altos o bajos para beneficiar a los productores pobres. En el último debate, Dani Rodrik, aprovechando un artículo de F.M. Swinnen, acusaba a Oxfam de quejarse siempre, sean los precios altos o bajos. Oxfam contesta aquí rebatiendo perfectamente las acusaciones: no nos quejamos de que sean altos o bajos, sino de la volatilidad, que perjudica a todo el mundo.

Durante decenios, los gobiernos de los países pobres estuvieron manteniendo los precios en las ciudades artificialmente bajos, en lo que Lipton llamaba el sesgo urbano. No queremos esto. Los precios tienen que ser suficientemente remuneradores para incentivar la producción, y los pobres urbanos y rurales deben tener el suficiente dinero para comprar comida. Leyendo el  libro de Tony Judt Algo va mal (en su versión catalana El món no s’en surt), aparece una frase de Condorcet que muestra que este debate tiene un par de siglos de antiguedad:  para cualquier Ministerio del Tesoro siempre era mejor que los pobres estuvieran en condiciones de poder comprar el trigo, que no bajar los precios del trigo para que los pobres pudieran comprarlo. Eso queremos, ni más ni menos.

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