Agricultura sostenible


Esta es la pregunta que se hace la BBC en este documental de radio. Hay una red del movimiento Slow food llamada Terra Madre que agrupa a comunidades indígenas y campesinas de todo el mundo. Defienden su derecho a producir la comida tradicional y a tener acceso a la tierra. Se ha convertido en un movimiento importante, con mucha atención de los medios de comunicación.  Mi preocupación se centra en que la atracción mediática pueda conducirnos a soluciones anecdóticas e inviables. Que lo que defienden no baste para alimentar a nueve mil millones en 2050, por lo que sea mejor pensar que este no es el camino. ¿O sí puede serlo?

Las preguntas que deberíamos hacernos:

¿Nos estamos centrando en lo importante o en la anécdota?

¿En qué consiste exactamente: es una desindustrialización? ¿es un movimiento por la comida local? ¿qué problemas solucionaría, y cuáles quedarían intocados?

Me preocupa que no resolvamos el problema esencial, y que confundamos el derecho a la buena comida con el problema del hambre en el mundo. Quizá los problemas que hay que tratar no sean los mismos. Le interesa a slow food el reglamento de funcionamiento del Programa Mundial de Alimentos? Tema sexy donde los haya para los medios. ¿O las discusiones -ahora paradas- en la OMC? Dudas, siempre dudas.

¿Qué distingue un pimiento -chile dulce o ají en América- de otro? ¿Qué piensan ahora los consumidores acerca de quién los produce?
Si queremos que la agricultura sea una de las fuerzas que acabe con la pobreza rural, esto pasa por que los pequeños productores dispongan de los apoyos necesarios. Hay dos maneras posibles de verlo: o bien los pequeños productores reciben las ayudas porque tienen derecho a ellas, porque ser pobres significa que sus derechos son vulnerados, o bien las reciben porque son útiles para producir comida sana y ecológica (esto último no siempre es así, pero trabajamos para que lo sea) y porque cuidan el medio ambiente. Ambas pueden coexistir, pero de cuál de las dos reciba más peso depende de las soluciones que se tomen.

A la vez, hay dos maneras de buscar las soluciones:

Una es que sean los consumidores los que conscientemente pidan que la comida sea producida en condiciones justas. Esto implicaría poder distinguir un pimiento de otro (posible en países ricos gracias a la trazabilidad, pero no en los pobres) y poder fijarse en la composición de lo que compramos si queremos evitar que contenga soja transgénica, por ejemplo, o que la transnacional que nos lo vende no está implicada en barrabasadas. Pero en esa composición hay muchas materias primas compradas en mercados internacionales (¿de dónde viene el maíz de los Kellogs?) en los que la trazabilidad es casi imposible, y lo único que nos permite saber si compramos un producto justo es el hecho de que la empresa que lo vende esté acusada o no de ser unos bellacos. Algo muy difícil de demostrar.

Otra sería que los gobiernos de todo el mundo se encarguen de hacer que se cumplan las leyes laborales y medioambientales, que gasten dinero en promover la agricultura familiar (porque mucha gente vive de ella) y asumir el diferencial de productividad entre grandes y pequeños, dentro de unos límites razonables. Pero a la vez es bastante dudoso que una manifestación para reivindicar este papel gubernamental juntara a más de tres personas. Ni la explicación de las demandas cabría en la pancarta que encabeza la manifestación.

Esto nos lleva a algunas preguntas:

  • ¿Puede conducir la búsqueda de un consumo responsable a que los gobiernos tomen medidas para apoyar a la pequeña agricultura en países ricos y pobres? ¿Cómo se pasa de lo primero a lo segundo?
  • ¿Existe el riesgo de que esto conduzca a percepciones equivocadas como el consumo local como una opción justa? ¿a que los consumidores exijan equivocadamente  el apoyo sólo para quienes se dedican a la agricultura orgánica, pero no cereales con abonos químicos, o la verduras producidas a menos de 100 km?

Me extraña que la Vía Campesina y Greenpeace no estén clamando a estas alturas un ¡ya lo decíamos nosotros y nosotras! después del reportaje de Le Monde del 19 de octubre, titulado La mauvaise graine de Monsanto. Resulta que ya hay seis millones de hectáreas en 22 estados estadounidenses que han sido invadidas por una mala hierba que se ha vuelto resistente al Round Up, el herbicida asociado a la soja transgénica. Nada de lo que extrañarse: la selección natural en acción. Había alguna mala hierba resistente y ésta se ha reproducido hasta invadirlo todo. Según cuenta Le Monde esto ocurre ya en Brasil, China, Argentina y Canadá.

Nada sorprendente, si acaso la ingenuidad de Monsanto que no parece haber pensado que esto iba a pasar. Eso dicen: “Pensábamos que el surgimiento de resistencias sería difícil. Ahora debemos reconocer que habrá que utilizar otros productos junto con el Round Up para controlar las malas hierbas”. Empieza la carrera: ya preparan soja resistente a Dicamba (otro herbicida) y un algodón resistente a tres herbicidas diferentes.

La batalla contra las malas hierbas no es distinta de la de la medicina contra las bacterias (desarrollando antibióticos) o la de los pesticidas contra los insectos. Es una carrera de armamentos en la que se utilizarán cada vez más herbicidas más potentes contra malas hierbas más resistentes. No augura nada bueno para el medio ambiente. La agricultura mecanizada más moderna ya no piensa en quitarlas por medios mecánicos, aunque hayan tenido que hacerlo este año con un ejército de jornaleros contratados.

¿Lo peor? Para quien quería volver a las semillas convencionales, ya no las había en los almacenes. Tuvo que suministrarlas  la universidad de Arkansas. Había otro transgénico con otro herbicida de Bayer, pero no había semillas suficientes. Aunque, cuenta Le Monde, ningún agricultor lamenta haber utilizado los transgénicos. Ganaron mucho dinero mientras duró.

Cada año en mi organización (Oxfam) se habla de que hay que definir el modelo agropecuario que queremos. Cuando surge la pregunta paso algunos días malos. Contesto con evasivas, finjo que estoy leyendo un estudio interesantísimo o que tengo trabajos urgentes. Mi mujer me conoce y se preocupa y en esos días me prepara sopas con hierbas que dice que son buenas para la melancolía.

Me pongo así porque sé que no es fácil decir qué queremos. Sé que volverán las eternas discusiones sobre qué es la agricultura familiar, qué significa ser un pequeño productor (nada que ver con la estatura ni el sexo), si la agricultura familiar o la agroecología alimentarán al mundo o si vamos a necesitar los transgénicos o vamos a prohibirlos. Luego entraremos en la producción para la alimentación local o la exportación. Pedirnos que definamos el modelo agropecuario es como pedirle a la izquierda que diga qué economía es posible en un mundo globalizado. Ahí es nada. Nos salen documentos llenos de pies de página, excepciones, matices y aclaraciones.

Detrás de todo esto está la necesidad que tiene la izquierda de juzgar lo que es bueno. La derecha no juzga lo bueno, sino que evalúa lo útil y mira si es posible técnicamente, sin preocuparse mucho por lo que pase después. Nosotros, que sí nos preocupamos por estas consecuencias sobre personas y medio ambiente, estamos obligados a elucubrar qué puede pasar si elegimos un modelo u otro, más o menos fertilizantes, más mecanización o menos, biocombustibles sí o no. No es nada fácil. Si la sopa contra la melancolía hace su efecto, quizá vaya a resumir algunos puntos sobre qué puede ser bueno pedir, concretamente.

El humo de los incendios oculta el sol

Vengo de Bolivia, decía. Tenía un viaje previsto a la Amazonía (departamento de Pando), pero fue imposible llegar debido al humo, que mantenía los aeropuertos cerrados, igual que en Rusia este verano. El humo procedía de miles de incendios, producidos por los campesinos y ganaderos que buscan preparar la tierra para la estación de lluvias. Los bolivianos lo padecían con aparente fatalismo, como si la cosa no tuviera solución. Algunas señales grandilocuentes del gobierno, como la amenaza de expropiar a los que queman, pero con pocas probabilidades de que se lleven a cabo.

La cosa es complicada. Entre la comunidad de oenegés bienpensantes, es una herejía hablar a favor del fuego. Pero la gente no quema por gusto, ni por costumbre, sino por necesidad. En España, si uno habla con los viejos del lugar, oye las historias de las quemas controladas para limpiar el bosque y hacer rebrotar los pastos. Como esto ya no se hace, tenemos grandes incendios. Pero como no es conveniente hablar de oídas, porque no lo hace nadie en el mundo de la cooperación, vayamos a las pruebas (científicas, cómo no) y veamos pros y contras. La fuente es una de las biblias del manejo de pastos, Tropical grassland husbandry, libro caro y que se encuentra ya sólo de segunda mano, pero muy bueno.

Para empezar, hablamos de la quema de pastizales, no hablamos del método de tumba y quema de bosques para conseguir más tierra cultivable o más pasto. Esto es lo que dice el libro:

A favor de la quema:

  1. Control de arbustos en los pastos: hay menos arbustos donde se quema que donde no se quema.
  2. Eliminar las partes leñosas y fibrosas que no se comerá el ganado.
  3. Obtener una composición de especies más deseable: algunas especies deseadas por los ganaderos (Panicum maximum, Hyparrenia rufa, y Andropogon gayanus) responden bien a las quemas y se hacen dominantes.
  4. Estimula el crecimiento fuera de estación y mejora la calidad de la hierba.
  5. Controla la mosca tse-tse (en África).

En cambio, uno de los factores tradicionalmente a favor, el efecto fertilizante de las cenizas, es falso, pues estos minerales hubieran llegado igualmente al suelo con la descomposición de la materia orgánica.

En contra de la quema:

  1. Reduce las reservas alimenticias de la planta disponibles para el crecimiento.
  2. Deja el suelo desnudo a merced de la erosión.
  3. Hay pérdida de nitrógeno orgánico, carbono almacenado en la tierra y materia orgánica.
  4. Las quemas descontroladas queman los bosques.

Al final, es una cuestión técnica: si los campesinos queman para ahorrar mano de obra, que necesitarían en grandes cantidades para controlar los arbustos, ¿qué soluciones se les pueden ofrecer para que no tengan que quemar, o lo hagan menos, o de forma controlada? Crowder y Chedda, los autores del libro, opinan que con quemar cada tres o cuatro años ya está bien. Hay que quemar bastante antes, no justo antes, de la temporada de lluvias, pero no demasiado pronto, porque las reservas alimenticias tienen que estar ya en las raíces, no en las hojas. El resto de métodos de control, implican mecanización (fuera del alcance de la mayoría) o mano de obra (lo mismo).

Prohibirlo es posible, pero poco realista. No talar el bosque para que no haya ganadería, nos remite a artículos anteriores sobre el control del territorio: sólo el Estado capaz de hacerlo lo conseguirá. Al final, sería la mejor solución, pero igualmente es difícil. En otro artículo les hablo de cómo en Bolivia los indígenas están logrando controlar la tierra.

La Unión Europea acaba de sacar este 10 de junio los criterios de sostenibilidad de los agrocombustibles, o biocombustibles, o como prefieran llamarles según su filiación política. Se trata de un sistema de certificación que pretende evitar que los biocombustibles se cultiven a costa de destruir bosques o humedales. No me he leído todavía los detalles, sólo el comunicado de prensa, pero al fin y al cabo no importa, porque el problema no está en los biocombustibles. Quien tenga ganas de leer los documentos de la UE, están aquí.

Está muy bien que se pueda certificar que no se destruyen bosques. Esto no va a evitar que se destruyan, porque el problema no es “los biocombustibles destruyen los bosques”. El biocombustible es un subproducto, es decir, procede de un cultivo que sirve para otras cosas. Se dedica a biocombustibles si el precio es favorable. Si no, se hace jabón, se engordan pollos o se mete en los platos precocinados de forma igualmente rentable.

Los problemas son tres:

  1. que dedicarlo a biocombustible sea más rentable que a comida en un momento dado (lo cual es un tremendo problema, porque los que tienen coche tienen más dinero que los que necesitan comida). La competencia con la comida es, pues, circunstancial. Esta competencia no es muy distinta de la que se daba antes entre productos para exportación y comida para el país. Depende de quién paga más, en qué momentos.
  2. que los paquetes tecnológicos sean muy eficientes. La soja es un tesoro para los grandes sojeros porque es fácil, hay maquinaria probada, crece rápido. La palma es muy productiva: ¡5.000 litros de aceite por hectárea! Si no se usa para biocombustible, se usará para otra cosa.
  3. que no haya control sobre el territorio. Este es el problema clave. La normativa sobre biocombustibles no evitará que los bosques sean destruidos para cultivar palma de aceite. Evitará que esa palma de aceite se convierta en biocombustible, que no es lo mismo, pero no que este aceite se convierta en veinte productos distintos (miren las etiquetas en el súper: el aceite de palma está en todos lados). Mientras haya un producto rentable que pueda sembrarse en un sitio virgen, el sitio virgen está en peligro.  No sirve que protejan al bosque del biocombustible, lo que hay que hacer es protegerlo de cualquier destrucción, sea para lo que sea. Y para esto, los Estados tienen que controlar el territorio, lo que raras veces pueden, o quieren.

Durante siglos, después del Renacimento en Europa, se pensó que dominar la naturaleza era cuestión conseguir hacer cosas técnicamente difíciles. Hasta la invención de la ecología como ciencia (hay controversia en las fechas, pero como muy pronto fue en el siglo XIX) no se empezó a entender que esto de las relaciones entre seres vivos es una cosa complicada.

Ahí está la clave, en la diferencia entre lo difícil y lo complicado (hoy en día se llama complejo, queda mejor). Fabricar un transgénico es difícil, aunque cada vez menos. Entender cómo un transgénico se relacionará con su medio es comprender la complejidad, y en esto todavía estamos muy atrasados. Las transnacionales que juegan a aprendices de brujo nos venden soluciones técnicamente difíciles, pero simples, a problemas complejos. Difícilmente funcionará. La agricultura sostenible (en este caso, a través del manejo integrado de plagas), busca soluciones técnicamente más fáciles teniendo en cuenta la complejidad. Es posible que los resultados de esta última no sean espectaculares desde el comienzo, pero es probable que a medio plazo funcione mejor.

Una prueba nos llega ahora desde China: Yanhui Lu y su equipo muestran cómo el uso de algodón Bt ha producido un aumento de otra plaga, un insecto heteróptero (el Apolygus lucorum). La causa es que se usan menos insecticidas (el objetivo del algodón bt es ese, para eso lo lleva incorporado), pero el escarabajito es resistente a la toxina del Bt. Para controlarlo habría que usar otros insecticidas, pero entonces para qué queremos que el algodón sea Bt… Lo único seguro es que no hay soluciones mágicas, ni transgénicas ni de ningún tipo. La ecología nos enseña que la naturaleza está formada de muchas piezas y que se reordenan constantemente. Cuanto más amplia sea la visión que tengamos, mejor.

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