Hay síntomas alarmantes de que otra crisis de precios está al caer. El pasado noviembre, la página de la FAO advertía de la posibilidad de que ocurriera de nuevo, a menos que la producción aumentara significativamente en 2011. La sequía del pasado año en Rusia, previsiones de malas cosechas en Argentina y Brasil, las inundaciones en Paquistán y Australia, todo hace que las reservas de grano vayan a bajar un 7%. Las reservas no están mal, andan por encima de los 500 millones de toneladas, por lo que no tendría por qué ser tan grave como en 2007. Pero no todo son los llamados “factores fundamentales”.

La agencia Reuters anuncia también la crisis a finales de diciembre en el NYT,  pero no lo achaca sólo al mal tiempo: el petróleo está a cerca de 90 dólares, hay mucho dinero circulando porque la crisis ha puesto las imprentas en marcha en muchos países, y los tipos de interés bajos permiten acaparar producción a los especuladores a la espera de que los precios suban. Las crisis de precios de la comida tienen mucho de profecía autocumplida: basta que algunos digan que el río anda revuelto para que los pescadores financieros echen los anzuelos para agravarla y sacar tajada. Aunque tampoco se puede evitar una crisis sin avisar de que viene.  Los  gobiernos, especialmente del G20, deberían disponerse a tomar medidas inteligentes -entre ellas, no prohibir las exportaciones, que aumentan el pánico-  antes de que empiecen los disturbios.

Cada vez que el tema de los precios está en el candelero (o en el candelabro, como decía la Mazagatos), se da el debate sobre si queremos los precios altos o bajos para beneficiar a los productores pobres. En el último debate, Dani Rodrik, aprovechando un artículo de F.M. Swinnen, acusaba a Oxfam de quejarse siempre, sean los precios altos o bajos. Oxfam contesta aquí rebatiendo perfectamente las acusaciones: no nos quejamos de que sean altos o bajos, sino de la volatilidad, que perjudica a todo el mundo.

Durante decenios, los gobiernos de los países pobres estuvieron manteniendo los precios en las ciudades artificialmente bajos, en lo que Lipton llamaba el sesgo urbano. No queremos esto. Los precios tienen que ser suficientemente remuneradores para incentivar la producción, y los pobres urbanos y rurales deben tener el suficiente dinero para comprar comida. Leyendo el  libro de Tony Judt Algo va mal (en su versión catalana El món no s’en surt), aparece una frase de Condorcet que muestra que este debate tiene un par de siglos de antiguedad:  para cualquier Ministerio del Tesoro siempre era mejor que los pobres estuvieran en condiciones de poder comprar el trigo, que no bajar los precios del trigo para que los pobres pudieran comprarlo. Eso queremos, ni más ni menos.