¿Cómo puedo amar a mis enemigos si ni siquiera aprecio a mis amigos?

Hacía tiempo que no publicaba nada, dado que podar árboles me sigue pareciendo una ocupación más agradable que escribir. Apuntarme al twitter ha sido mi último ejercicio de voluntad para vencer la pereza y seguir el consejo nulla dies sine linea (ningún día sin una línea). A Plinio el Viejo le hubiera encantado este invento.

La navidad me ha servido para volver al mundo que existe fuera del trabajo, la cooperación, las contrapartes, y escuchar conversaciones de gente con la que normalmente no me relaciono. No es mal ejercicio para muchos de este mundo de ONG que vivimos en una burbuja. También me ha dado que pensar, entre cuchipandas, la cantidad de comida que tiramos, y he recordado que esta es una de las cuestiones de las que se habla en países anglosajones: el movimiento food waste, que intenta disminuir el despilfarro de alimentos como una manera de rebajar este 20% de gases de efecto invernadero que se le atribuye a la agricultura. Todavía no sé si el movimiento está justificado, o están errando el tiro. Volveré sobre este tema otro día.

Pero han sido las conversaciones escuchadas lo que más me ha preocupado. Uno puede ver cómo el discurso del PP sobre la inmigración está calando hondo. He oído cosas sobre los inmigrantes –vagos, criminales, aprovechados de los servicios sociales- que me hacen preguntarme dónde se encuentra la frontera entre la ignorancia y la mala fe entre quienes abrazan el mensaje xenófobo y nada navideño de los populares.

En tiempos de crisis, recuerdo la frase de Zygmunt Baumann en Modernidad y Holocausto: “la facilidad con que la mayor parte de las personas, cuando se las pone en una situación en la que no tienen una elección buena, o bien esa elección es demasiado costosa, se convencen a sí mismas y se alejan de la cuestión del deber moral”.

La última copa de vino me lleva a pensar en la postura de Bolivia en Cancún. Es cierto que el acuerdo no es el mejor, pero la postura maximalista boliviana ignora la realidad que menciono en los dos párrafos anteriores: la gente de los países ricos no está dispuesta a sacrificios radicales y bruscos, aunque sí se la podría llevar a cambios graduales. Antes que perder los privilegios, habría una revolución, y no sería una revolución de izquierdas, sería la vuelta del fascismo. Una preocupación que siempre me ronda, y más en estos tiempos.

Son cosas que no se hablan en familia, para evitar discusiones irreparables. Mientras escuchaba esta mañana una noticia de la BBC sobre Cuba, pensaba que en las ONG también evitamos discusiones internas escondiendo bajo la alfombra las cuestiones más peliagudas, las que forman la base del pensamiento: en nombre de la lucha contra la pobreza, en las ONG conviven liberales con comunistas, comunitaristas con interculturalistas, y se discuten las acciones que hay que ejecutar, pero no la idea que subyace en ellas. En muchas de ellas no es necesaria esa discusión: se puede estar de acuerdo en el necesario apoyo a la agricultura familiar entre ideologías muy diversas, y así convivimos en nuestro día a día. Pero en cuanto a la actitud que deberíamos tener sobre Cuba (¿la libertad por encima del igualitarismo?) o el movimiento indígena (¿la autonomía personal por encima de la pertenencia a la etnia?) navegamos por aguas inseguras, como en muchos otros temas.

Quizá estas ideas sueltas no son más que el fruto de digestiones pesadas.

Anuncios