Me extraña que la Vía Campesina y Greenpeace no estén clamando a estas alturas un ¡ya lo decíamos nosotros y nosotras! después del reportaje de Le Monde del 19 de octubre, titulado La mauvaise graine de Monsanto. Resulta que ya hay seis millones de hectáreas en 22 estados estadounidenses que han sido invadidas por una mala hierba que se ha vuelto resistente al Round Up, el herbicida asociado a la soja transgénica. Nada de lo que extrañarse: la selección natural en acción. Había alguna mala hierba resistente y ésta se ha reproducido hasta invadirlo todo. Según cuenta Le Monde esto ocurre ya en Brasil, China, Argentina y Canadá.

Nada sorprendente, si acaso la ingenuidad de Monsanto que no parece haber pensado que esto iba a pasar. Eso dicen: “Pensábamos que el surgimiento de resistencias sería difícil. Ahora debemos reconocer que habrá que utilizar otros productos junto con el Round Up para controlar las malas hierbas”. Empieza la carrera: ya preparan soja resistente a Dicamba (otro herbicida) y un algodón resistente a tres herbicidas diferentes.

La batalla contra las malas hierbas no es distinta de la de la medicina contra las bacterias (desarrollando antibióticos) o la de los pesticidas contra los insectos. Es una carrera de armamentos en la que se utilizarán cada vez más herbicidas más potentes contra malas hierbas más resistentes. No augura nada bueno para el medio ambiente. La agricultura mecanizada más moderna ya no piensa en quitarlas por medios mecánicos, aunque hayan tenido que hacerlo este año con un ejército de jornaleros contratados.

¿Lo peor? Para quien quería volver a las semillas convencionales, ya no las había en los almacenes. Tuvo que suministrarlas  la universidad de Arkansas. Había otro transgénico con otro herbicida de Bayer, pero no había semillas suficientes. Aunque, cuenta Le Monde, ningún agricultor lamenta haber utilizado los transgénicos. Ganaron mucho dinero mientras duró.