Una de las obsesiones de las fundaciones norteamericanas (la Gates, por ejemplo), es la innovación. Quieren financiar nuevas soluciones contra la pobreza, porque creen que lo nuevo tiene más posibilidades de funcionar que lo que siempre se ha hecho, que con frecuencia no ha ido demasiado bien. Hay donantes  que exigen innovación: si un proyecto no la tiene, no lo financian. Los países con tradición investigadora (EEUU, el Reino Unido) buscan panaceas (que ellos llaman “magic bullets”). Esto está bien, cuando no significa renunciar  a intentar hacer bien lo que antes se hacía mal, en vez de cambiarlo por otras soluciones.  Aunque hay novedades que tienen bastante futuro (el uso de teléfonos móviles para servicios bancarios, 0 los seguros indexados), éstas sólo pueden representar una pequeña parte de lo que hace falta hacer.

La mayor parte de lo que tendríamos que hacer no pasa por nuevos inventos, sino por hacer bien lo que hasta ahora hemos hecho mal. Pero un proyecto bien escrito, bien pensado y bien discutido con quien va a participar en él, tiene menos posibilidades de ser financiado cada día que pasa por aquellos donantes que exigen algo nuevo.

Esto todavía no ocurre en España: nuestra capacidad de innovar es tan escasa como la exigencia de ésta por parte de los financiadores. La AECID no acaba de arrancar la financiación de proyectos de investigación en cooperación, necesarios cuando se quiere hacer algo nuevo, o hacer bien algo que antes se hacía mal. La capacidad de investigar en cooperación en España es casi nula, y las perspectivas ahora que baja el presupuesto no son esperanzadoras.

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