El precio del trigo se ha disparado últimamente, dicen que debido a la sequía y los incendios en Rusia, y al decreto de prohibición de exportaciones que vino a continuación. Mucha gente se pregunta ya si habrá otra crisis como la de 2008. No parece que vaya a ser otra crisis de escasez: las reservas no están tan bajas. El problema es que las subidas de precios del grano (llamados “los alimentos” en este nuestro mundo de ONG) se producen como profecías autocumplidas: basta anunciarlas para que ocurran o se agraven. Enseguida los avispados fondos de inversión empiezan a comprar futuros esperando hacer caja con esto, y ahí empieza todo. Si falta o no falta comida, poco importa a estos fondos. Es el pánico el que los mueve. Esta vez, al menos, el precio del petróleo no está tan alto (hasta que la mano negra empiece a moverlo) y la crisis económica hace que el consumo de carne se mantenga bajo. No tendría por qué ocurrir lo de 2008. Pero los designios de los mercados son insondables…

Hay que recordar que al calor de la última crisis salieron muchas propuestas para controlar estos desaguisados: regular la venta de futuros para que no se puedan utililizar para especular, prohibir las restricciones a las exportaciones (la nefasta medida que ha tomado Rusia), reservas virtuales para combatir la especulación,  reservas reales regionales… pero se ha hecho demasiado poco. Seguimos en manos del fatalismo: si es lo que los mercados dicen…

Mientras, ya hay disturbios en Mozambique y Bangladesh. En Bolivia, de donde vengo, hay una supuesta escasez de azúcar. Los comerciantes de estos países sólo esperan las noticias en los periódicos (“Suben los precios de los alimentos”) para esconder los sacos en la trastienda, y vuelta a empezar con el estraperlo, como hace dos años. La especulación no se hace sólo en la Bolsa de Chicago, también se da en la tienda de la esquina.

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