En un encuentro sobre cambio climático, Evo Morales ha hecho unas afirmaciones desafortunadas sobre las causas de la calvicie (soy calvo, pero no me siento agraviado) y la homosexualidad (los homosexuales sí tienen razones para sentirse ofendidos). No vamos a entrar en la anécdota, que ya hay suficientes publicaciones que la están tratando con regocijo (aunque más del que muestran cuando Aznar o Bush han soltado sus barbaridades contra la ciencia del cambio climático).

El problema no es este caso, que es bastante inofensivo, sino otros parecidos como el de Thabo Mbeki, ex-presidente de Sudáfrica, cuya desvinculación del sida con el virus de inmonodeficiencia adquirida ha costado según algunos cálculos cientos de miles de muertos por el retraso en la distribución de antiretrovirales.

El problema es, pues, la postura contra la ciencia. La derecha puede estar contra la ciencia porque tiene intereses. No creo que los científicos que se niegan a admitir el papel humano en  el cambio climático lo crean sinceramente. Creo más que les pagan por ello, porque así les interesa a las petroleras. Igual que las tabaqueras sabían lo del cáncer, porque no eran tontos ni ignorantes.

En cambio, en cierta izquierda, la postura anticientífica es pura afición. Tiene muchos orígenes:

  • Creer que las creencias tradicionales son mejores, sólo porque son tradicionales y eso es bonito (cuando hay buenas creencias tradicionales, pero también malas, como la ablación de clítoris, o el mal de ojo). Los quinientos años influyen: la ciencia es de los blancos, es de ellos, mientras que la tradición es de los indígenas, entonces, es nuestra.
  • Cierta aversión al esfuerzo. Aprender ciencias cuesta más que aprender letras, en general, con lo que nos sentimos cómodos con las afirmaciones a ojo de buen cubero, dado que no dominamos las demostraciones complejas.
  • Las teorías conspirativas: dado que la ciencia se ha vendido a veces al capital, desconfiemos de toda la ciencia, porque detrás sólo hay gente malvada o inconsciente. Esto sirve para denigrar desde las vacunas a los conservantes alimentarios (¿quien no recuerda las listas falsas sobre conservantes alimentarios supuestamente tóxicos?).
  • Los posmodernos, que han hecho desconfiar de cualquier discurso porque puede ser deconstruido y todo depende del contexto. Lástima que no haya más gente dedicada a deconstruir a los posmodernos.
  • La creencia que la academia está desvinculada de lo real, que los científicos viven en la estratosfera.

Cuando dirigentes políticos valiosos, pero que no han tenido una educación suficiente, están mal asesorados (por asesores que sí han estudiado, y para estos no hay excusa), ocurren cosas como esta. Qué bueno sería que la izquierda abandonara sus posturas anticientíficas, y creyera que de verdad la ciencia puede ayudar a construir un mundo mejor. Si la izquierda supiera, y la derecha quisiera…

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