La Masia

La Masia, Joan Miró, 1922

El último susto alimentario mundial, la crisis de 2008, ha podido poner sobre la mesa dos hechos que han estado durante decenios fuera de la agenda política: que la inversión en agricultura ha estado descuidada, y que pasa hambre más gente que nunca (más de mil millones de personas). Ahora que queda claro, y ante la posibilidad de que llegue dinero para invertir en agricultura, hay que poner ciertas precauciones.

La última gran inversión en agricultura se dio durante la revolución verde, en los sesenta y setenta. Entonces se lograron grandes aumentos de producción, que redujeron mucho los precios agrícolas, especialmente de los cereales. Los precios han bajado desde entonces, salvo picos puntuales como los del 73-75 y 2007-2008. Ahora que se espera –si se cumplen las promesas del G8- que haya dinero para la agricultura, es crucial cómo invertirlo.

No es un gran secreto lo que hay que hacer. Para garantizar la seguridad alimentaria hay que construir carreteras y riego (sostenible), gastar en investigación agrícola, regular los mercados de cereales y demás cosas en las que hay un consenso bastante general (para quien tenga tiempo y ganas, conté lo que creía que había que hacer en esta ponencia en FRIDE).

Los peligros son que todo el mundo, países pobres incluidos, se pongan a producir  y vuelvan los excedentes y los precios bajos,  y que haya una sensación general de tranquilidad, porque los precios están bajos, cuando en realidad empiezan los problemas para los productores menos productivos. La clave para evitarlos está en aumentar la producción y a la vez establecer mecanismos de control de inventarios que eviten la sobreproducción y el desplome de los precios.

En agricultura, el precio que rige es el más bajo, porque los productos están poco diferenciados. Si a los agricultores más productivos de una región les va bien (los terratenientes, muchas veces), todos los menos productivos de esta misma región o de las regiones vecinas con las que haya comercio tendrán que plegarse a los precios que los más eficientes fijen. Es como si usted fuera al trabajo un día y le dicen, no, hoy no trabaja. Usted cobra 10€ la hora, pero hoy ha aparecido fulanito y trabajará por 8€. Que cada día que vaya a trabajar, pueda encontrar a alguien que lo haga por menos. Así es como funcionan los precios agrícolas.

Imaginémonos la agricultura como una carrera de fondo. En cabeza va la agricultura industrial, con rendimientos altos, mecanización y poco uso de mano de obra. Los medianos agricultores la siguen. La agricultura campesina va a la cola a mucha distancia. Lo que quisiéramos, para tener un mundo con menos pobres, sería que la distancia entre quienes van en cabeza y el pelotón de cola sea menor. El precio es el récord en la distancia, y van a la final los que pasan el tiempo de corte. ¿Cómo conseguir que pase la mayor parte de corredores posible?

Para conseguir un pelotón más compacto, podemos frenar a los que van en cabeza. Lo primero es no subvencionarles. Aquí hay un ejemplo (en The 2008 Food Price Crisis: Rethinking Food Security Policies, de  Anuradha Mittal, de cómo lo hacen en los EEUU:

In 2003, the United States exported wheat at 28 per cent below the cost of production, soybeans at 10 per cent below the cost of production, corn at 10 per cent below the cost of production, cotton at 47 per cent below the cost of production, and rice at 26 per cent below the cost of production (IATP, 2005).

Pero los rendimientos de la agricultura moderna son mayores sobre todo por la mecanización y el paquete tecnológico. En este aspecto es difícil impedir que corran más: no les puedes obligar a usar menos cosechadoras gigantes, aunque sí puedes prohibir los transgénicos (de los que tampoco hay pruebas irrefutables de que rindan más). También se puede limitar el uso de fertilizantes, pero esto es difícil de controlar.

Si no ayudas a los más rápidos, tiene una consecuencia: el récord en la distancia será peor. Es decir, los precios de la comida serán más altos: una consecuencia inevitable de un sistema más justo.

La única manera de mantener el pelotón compacto es ayudar a los que van más lentos. Hay que lograr que corran más: es decir, que sean más productivos. No puedes lograrlo sólo con agroecología. Hay que promover la mecanización, y tienes que conseguir que el paquete tecnológico (cuyo rendimiento dependerá sobre todo de la cantidad de insumos –químicos u orgánicos- y de la calidad de las semillas) les permita pasar el tiempo de corte. Si no lo pasan, no les sirve ser más ecológicos que los demás.  También les puedes regalar unos segundos: eso sería subsidiarles, y es correcto si queremos que todo el mundo entre en la carrera.

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