Hace unos días se murió Vicente Ferrer y hace unos meses se murió Ron Rivera. Los dos han dedicado su vida a trabajar por los pobres de este mundo (prefiero llamarlos así antes que población beneficiaria, desfavorecidos o agentes de cambio, ellos se llaman a sí mismos así, y no se sienten ofendidos porque otros lo hagan).

Pues bien, hablo primero de Vicente Ferrer, que trabajó toda su vida, y eso es lo que tiene mérito, por los pobres de Anantapur, en la India. Muchos de los que leen este blog viven en América y quizá no han oído hablar de él, aunque en España todo el mundo lo conoce. Durante más de cincuenta años ha trabajado con los descastados de las aldeas de Anantapur, construyendo hospitales, escuelas y fábricas.

No he estado allí, pero he hablado con gente que ha estado y me cuentan el milagro que es. El trabajo a largo plazo, cuando está unido a la concentración de esfuerzos, produce resultados casi con toda seguridad. Lo que ocurre muchas veces es que nos dispersamos, no permanecemos en los mismos sitios, andamos picando aquí y allá (mucha culpa de esto la tienen los financiadores).

Hay quienes piensan que su trabajo tenía menos valor porque usaban apadrinamientos, o porque quizá no atendían suficientemente a las causas estructurales de la pobreza. Sobre los apadrinamientos, empezaron usándolos individualmente, y terminaron rectificando errores cometidos, y dedicando los fondos a la comunidad, y no a cada niña. Sobre las causas estructurales, hay veces que la pobreza tiene prisa y no puede esperar, lo que no significa que no se dediquen a ellas también. A dios rogando y con el mazo dando.

De Ron voy a hablar poco, quizá porque hacía muchos años que no teníamos contacto (llegamos a tenerlo los dos años que viví en Nicaragua) y porque no podría decir nada mejor que lo que ha dicho María López Vigil en este artículo de Envío. Por favor, léanla. Ron fue otro luchador incansable, inventor del filtrón, que ha salvado miles de vidas.

Lo admirable de Vicente y Ron fue su cercanía con los pobres, su perseverancia, los años que dedicaron a trabajar y a entender lo que hacían sin desanimarse (al menos en público). Este artículo es un homenaje a todas aquellas (hay muchas más mujeres que hombres) que trabajan en la cooperación y no se dedican a esto por el salario.

Sólo quienes trabajan en este campo pueden entender lo duro que es, especialmente quienes ya estamos en la retaguardia. No hay que dejarse desanimar por los fracasos en los proyectos, por los errores que pudieron evitarse sólo poniendo un poco más de cuidado y amor por el trabajo bien hecho, por la burocracia propia y ajena, por los requisitos absurdos de los financiadores, por dedicar nuestro tiempo a lo urgente en vez de lo importante, por pensar más en las facturas que en los resultados y por estar tan lejos a los pobres. Son ustedes muy observadores, este párrafo es la catarsis. Me hacía falta.