Los luditas eran un movimiento social de principios del siglo XIX que luchaba contra los cambios que la revolución industrial había producido en el sector textil. Se oponían a los nuevos telares mecánicos porque creían que les dejaban sin trabajo.
En la cooperación para la agricultura tenemos algo de luditas. Mostramos cierta tendencia a recomendar paquetes tecnológicos cuanto más simples mejor, evitando cualquier tipo de mecanización, fertilizante químico o semilla híbrida (que no transgénica). Esto se debe a la no muy aristotélica costumbre de situarse en los extremos: si la Monsanto promueve un modelo, nosotros recomendaremos exactamente el contrario. No nos arriesgaremos a matizar nuestra postura, porque ya se sabe que quien matiza, recibe palos de los dos extremos.
Recomendar qué y cómo cultivar es una gran responsabilidad. En palabras de John Keneth Galbraith:

El agricultor ve como una cosa peligrosa el consejo de aquel que no tiene que ganarse la vida por medio del resultado de aquel consejo.

Y la mayor parte de veces hace bien en desconfiar. En determinadas condiciones de agua y fertilidad del suelo, podemos recomendar agricultura orgánica, pero nunca sin antes valorar la disponibilidad de nutrientes, la extension, el tipo de cultivo, cómo se hará la transición, y si con todo esto, el resultado sera el suficiente para vivir. Garantizar la viabilidad económica de la producción debe estar por delante de cualquier otra consideración.